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martes, 26 de abril de 2011

Tercer Domingo de Pascua

Estudio bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Tercero de Pascua – Mayo 8 de 2011


EN EL CAMINO DE EMAÚS:
Un itinerario de fe pascual que transforma el corazón
Lucas 24, 13-35

“Caminaban, muertos, junto a un viviente;
caminaban, muertos, junto a la vida.
Junto a ellos caminaba la vida”
(San Agustín)


“Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
Y al punto se les abrieron a ellos los ojos y lo reconocieron”


Comencemos con esta maravillosa oración preparada por Frey Carlos Mesters:
“Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que nos ayude a leer la Escritura con los mismos ojos con que Tú se la leíste a los discípulos sobre el camino de Emaús.
Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dramáticos de tu condena y muerte. Así, la Cruz que parecía ser el fin de toda esperanza, apareció ante ellos como fuente de vida y de resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren.
Que tu Palabra nos oriente de manera que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniarle a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz.
Te lo pedimos a Ti, Jesús, hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.”



Introducción

Uno de los relatos de apariciones de Jesús Resucitado más leídos y amados es el de los discípulos de Emaús. Su lectura en este domingo marca un hito importante dentro del itinerario de fe y vida que estamos haciendo en la Pascua de este año.

El relato está construido sobre el tema del “camino”, en un itinerario de ida y vuelta, dos veces pasan por el mismo camino. El punto de referencia es la ciudad de Jerusalén, donde todavía está fresco el acontecimiento de la Pasión. La aldea de Emaús marca el punto de giro.

Inicialmente los dos discípulos, Cleofás (abreviación de Cleópatro) y su compañero, se alejan de Jerusalén profundamente desilusionados a causa de la crucifixión de Jesús: “Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba once kilómetros de Jerusalén” (24,13). Al final, en una narración cargada con breves y precisas pinceladas, se les describe regresando completamente felices como portadores del anuncio pascual en medio de la comunidad reunida en la Ciudad Santa: “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén… Contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (24,33.35).

Entre estos dos momentos se sitúa bellísimo itinerario de conversión pascual.  Jesús se une a ellos discretamente y los acompaña en el caminar, sin hacerse reconocer, hasta el momento de la cena en Emaús, en la cual los ojos de ellos descubren al Resucitado: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron” (24,31ª).

En esencia el relato da los siguientes pasos:

·       Dos discípulos que se alejan de la comunidad y regresan al que quizás sea su lugar de origen, discuten amargadamente sobre los eventos de la Cruz.

·       Jesús, entrando en el camino sin dejarse reconocer, interviene inicialmente para hacerlos repetir la historia una vez más.

·       Luego toma la palabra para abrirles una nueva perspectiva. Les muestra, partiendo de las Escrituras, que el camino de sufrimiento recorrido por el Mesías era querido por Dios.

·       Después de larga caminata escuchándolo, y cuando llegan a su destino, los discípulos lo invitan a pasar la noche en su casa y a compartir su mesa. Allí él se les da a conocer en la “Fracción del Pan”. Al reconocer al Señor resucitado, ellos comprenden que el fin del camino recorrido por Jesús en su ministerio no era la muerte, sino la gloria.

·       Entonces regresan a Jerusalén y anuncian su experiencia: el encuentro con el Resucitado.

·       En el mismo día están de nuevo en el punto de partida: no ya como sobrevivientes desilusionados, sin fuerza ni coraje, sino como mensajeros de la resurrección.

Vamos a leer el texto señalando algunos puntos fundamentales.


1. Dos discípulos, bajo el escándalo de la Cruz, toman distancia de Jerusalén y de la comunidad (24,13-27)

El evangelista sitúa a los discípulos inmediatamente en el escenario del camino: “iban… a un pueblo llamado Emaús” (24,13). La distancia no es excesiva, se encuentra en los alrededores de Jerusalén.

Tres pequeños cuadros nos presentan lo sucedido en el viaje hasta Emaús.


1.1. Primer cuadro: Una acalorada discusión entre los dos durante el viaje (24,15-18)

La primera imagen que aparece es la de cómo a lo largo del camino los dos discípulos llevan como tema de conversación la suerte de Jesús: “Conversaban y discutían entre sí sobre todo lo que había pasado” (24,14).

Con la entrada de Jesús en ese camino, también nosotros resultamos involucrados en el asunto y podemos conocer de cerca lo que le sucede a los dos peregrinos de Emaús.

La actitud ante la Cruz

Su lectura de los acontecimientos en principio es negativa. Tres detalles nos permiten ver su estado de ánimo:
(a) “Conversaban y discutían” (24,15ª), donde el término “discutir” describe un debate acalorado entre ellos (el mismo término aparece en Hechos 15,2: una agitación en la comunidad).
(b) “Pararon con aire entristecido” (24,17): la tristeza se les notaba en el rostro.
(c) Su primera reacción poco amable ante la pregunta de Jesús: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?” (24,20b). Es de tan vital importancia el asunto para ellos que les parece extraño que haya alguno que aparentemente no lo sepa.

Lo que reiterativamente hablan entre sí se lo repetirán al viajero que se ha unido a ellos, siguiendo su mismo paso, pero sin revelar su identidad (24,15). La mirada todavía fija en una Cruz que no logran comprender no les permite captar al Resucitado (24,16).

¿Qué hay detrás de esta actitud?

Ellos están viendo la Cruz desde su lado oscuro. Están en la misma línea de la comunidad cuando escuchaba los anuncios de la Pasión: “les estaba velado de modo que no lo comprendían… las palabras les quedaban ocultas” (9,45; 18,34).

De hecho, ellos siguen viendo la pasión de Jesús desde su perspectiva, es decir, a partir de sus expectativas desilusionadas. Estos dos discípulos se habían quedado en Jerusalén esperando hasta el tercer día después de la crucifixión (24,21). Al no suceder lo que esperaban, pierden toda esperanza y se van.

1.2. Segundo cuadro: una lectura retrospectiva de los hechos (24,19-24)

Con todo, no consiguen sacarse de la cabeza lo que les ha pasado en los días anteriores. La pregunta de Jesús los lleva a exteriorizar todo: hacen una síntesis del tiempo transcurrido, de las experiencias compartidas con Él, de las esperanzas puestas en Él.

El gran profeta…

Lo habían conocido como gran “profeta poderoso en obras y palabras” (24,19), como aquel que podía guiarlos y ayudarlos. Es decir, lo habían visto como un Mesías que habría liberado a Israel de todos los enemigos y había establecido abiertamente y definitivamente el Reino de Dios: “Nosotros esperábamos que sería el que iba a librar a Israel…” (24,21).

Crucificado…

En cambio Jesús, después de ser juzgado por las autoridades, fue crucificado (24,20). Lo curioso es que a pesar de eso, continúan creyendo que fue un gran profeta enviado por Dios. Al fin y al cabo, ¡Él sufrió la suerte de tantos profetas!

Pero el asunto es más de fondo y es que si se trata de reconocerlo como Mesías, al respecto ya no hay nada de qué hablar. ¡Un hombre que ha sido crucificado y matado no puede ser el Mesías! ¡De Él no se puede esperar plenitud de vida por medio del poder de Dios!

Los extraños eventos de la mañana…

El anuncio que las mujeres trajeron de la tumba vacía y de la aparición de un ángel volvió a encenderles la esperanza: “Él vivía” (24,22-23). Pero esto no los ayuda a seguir adelante. Los discípulos que fueron a comprobar este mensaje encontraron la tumba vacía; pero “ver” a Jesús en persona fue imposible (24,24).

En pocas palabras, esta mirada retrospectiva refiere la historia de una gran esperanza y de una desilusión aún mayor que se concentra en estos dos hechos: (1) Jesús murió en una cruz, y (2) ya no es posible verlo en ninguna parte. La muerte de Jesús en la cruz y su aparente ausencia permanecen para siempre como piedra de escándalo.

Los dos discípulos están convencidos de que Jesús no puede ser el Mesías y que deben esperar otro. Pero, hay que notarlo, todo su pensamiento y su conversación continúa concentrado sobre él.

1.3. Tercer cuadro: una nueva luz sobre la Cruz presentada por Jesús (24,25-27)

Ahora Jesús toma la palabra. Él les presenta su punto de vista apoyándose en una lectura de las Escrituras.

Para ello primero los sacude para que dejen de lado a dureza de corazón y se abran a la manera como Dios se revela generosamente en la Escritura.

Enseguida el Resucitado en persona los introduce a la comprensión de su camino que ellos vieron terminar en la Cruz. Les hace entender que la Cruz hay que verla desde la lógica salvífica de Dios revelada en las Escrituras: “Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (26,26). A la luz de los sufrientes servidores de los propósitos salvíficos de Dios en la historia de Israel, se comprende que su muerte en una cruz no es un fracaso, sino la expresión de su fidelidad incondicionada hacia Dios. De consecuencia, su camino no termina con la muerte, sino que a través de ella Él “entra en la gloria”, en la comunión eterna con Dios (25,26).

Jesús es verdaderamente el “Mesías” (el “Cristo”), y lo es precisamente en cuanto Crucificado. Por medio de Él, que ha renunciado a todo, incluso a su vida, y se ha atenido únicamente a la voluntad del Padre, se manifiesta la plenitud de la potencia de Dios, que les ha hecho el don de la vida eterna.

El camino del sufrimiento muestra que Él no es el Mesías del reino y del bienestar terreno. Su perspectiva es más profunda: por medio de él la potencia de Dios le da plenitud de vida más allá de la muerte, en la comunión eterna y gloriosa con Él.

Jesús les enseña qué es lo que se puede esperar de él con la mayor confianza y cuáles son las expectativas que hay que dejar de lado.

2. La cena en Emaús: el momento cumbre del proceso de desvelamiento del sentido de la Cruz (24,28-32)

En la encrucijada

Hasta ahora Jesús siempre ha tomado la iniciativa, cuando están cerca de su lugar de destino Él deja que sean los dos discípulos los que le pidan que se quede con ellos. Por eso “hizo las veces de quien sigue adelante” (24,28).  Jesús no quiere imponerles nada; su presencia y su cercanía deben ser solicitadas.

En la mesa

A la hora comer juntos, Jesús ocupa el lugar de la presidencia en la mesa y hace el rito del partir el pan: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando” (24,30). La repetición de los gestos de la última cena (22,19), asociados con el contexto mesiánico en el que los hizo cuando la multiplicación de los panes y los peces (9,16), revelan el sentido positivo de la Pasión: la “entrega por” los demás.

Entonces lo reconocen (“entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”, 24,31), pero Él desaparece de su presencia, porque ya logró su finalidad.

¡Los dos discípulos lo han visto personalmente y saben que está vivo! Saben que el Resucitado les explicó su destino de sufrimiento y las Escrituras. Saben que su camino es querido por Dios, y conduce a la vida. Saben que en la cena los ha atraído de nuevo a la comunión con Él.


Una nueva conversación entre los dos discípulos

Su diálogo, su compartir estrecho escrutando las Escrituras, la mesa compartida, toda esta experiencia los ha transformado. Su mente, su corazón, su vida entera –antes incapaz de percibir su nueva forma de presencia- ha estado en contacto con Él. Sobre esta vivencia los discípulos fundarán su porvenir.

El camino del Crucificado –ahora visto de manera completa- les ha permitido ver al Resucitado. Y al mismo tiempo, el Resucitado les ha permitido ver el sentido del Crucificado.

Si la relación de los discípulos con Jesús se caracterizó hasta su muerte, por su presencia visible, ahora comprenden que el Resucitado ya no estará presente de manera visible junto a ellos pero que esto no quiere decir que no esté. Al estar caminando junto con ellos, el mismo Jesús los introdujo en una nueva forma de comunión con Él, caracterizada por la certeza de que su vida perfectamente realizada: “¡El Señor ha resucitado verdaderamente!”.

El resucitado ha desaparecido de la percepción de sus ojos físicos, pero permanece junto a ellos a través de la lectura comprensiva de las Escrituras, de lo cual les hizo su don, y de la “Fracción del Pan”. Por medio de esta mediación no sólo tienen acceso a la persona de Jesús sino al sentido de vida y de su misión entera: ese paradójico camino querido por Dios.

En consecuencia, los discípulos deben continuamente dejarse conducir por Él, no pueden ser “insensatos y tardos de corazón” (24,25ª). Si la Escritura los llevó a Jesús, también Jesús los llevó a entender la Escritura en su sentido más profundo. Las Escrituras, que revelan el camino de Dios, culminan en la Cruz del Mesías, cuyo sentido está consignado en los gestos y las palabras que Jesús realizó sobre la mesa, esta mesa en la cual gestualmente puso el don de su vida en sus manos. Cada vez que se reúnan para la cena común y especialmente cuando repitan el gesto de la “Fracción del Pan”, comprenderán cuán permanente es su amor y su presencia.


Una excelente síntesis

La vivencia queda recogida en la inolvidable expresión que recoge la transformación interna obrada en ellos gracias a la comprensión del camino de la Cruz y de la acogida gozosa de su don: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (24,32).


3. El camino de regreso: el gozoso anuncio del mensaje pascual (24,33-35)

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (24,33). Los discípulos de Emaús vuelven a la comunidad que habían abandonado como portadores del mensaje pascual.


El camino no ha terminado

La síntesis final que el evangelista hace nos muestra momento central y más importante del largo camino de los dos discípulos en este inmenso día de Pascua fue aquel en el cual tuvieron a Jesús a su lado. Pero la manera como se elabora esta conclusión nos permite ir más lejos: es interesante notar que llega un momento en el que ellos toman conciencia de lo que significa estar con Jesús antes, durante y después.

Lo vivido en el camino los llevó a ver con nuevos ojos lo que había pasado en el camino precedente con el Maestro hasta el momento de la Cruz. Ahora, después del encuentro en el camino y en la mesa, son capaces de mirar el camino que sigue a continuación: la gozosa comunicación del mensaje pascual.

En el coloquio sobre el camino de Jesús se engloba también la visión de nuestro destino de hombres mortales. Con el anuncio pascual se presenta de manera gozosa la finalidad del camino de Jesús y de nuestro camino como hombres. Esto quiere decir que recorriendo este mismo camino, iluminando cada paso con la luz de la Palabra –comprendida desde el camino mesiánico de Jesús- y haciéndolo expresión de una entrega generosa a la manera del Crucificado, también nosotros compartiremos su destino de “gloria”.

En fin…

Es así como la memoria de lo vivido en el camino se convierte en el programa de un proceso de conversión pascual para todos nosotros: “Contaron lo que había pasado en el camino, y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (24,35).

Todo esto se hace posible a partir del encuentro con el Señor resucitado. Efectivamente así lo hizo también con Simón: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (24,34).

El Resucitado sigue insertándose en camino de cada persona. El mensaje pascual anunciado de esta manera tan original, como un camino que transforma, nos permite comprender cómo el camino de Jesús en el evangelio y su prolongación en el día de Pascua resplandece como el fin de todos los caminos de Dios. El camino de Jesús se hace luz para todos nuestros caminos.

Ahora mismo nosotros no vemos físicamente a Jesús, pero estamos seguros de su presencia y de su compañía. Lo comprenderemos mejor si dejamos que la Escritura y la Fracción del pan nos abran los ojos.


4. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

Jesús está presente en la fracción del pan”

“Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...)

Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan.

 La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y Él estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna. Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor.

Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: ‘Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba’. Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados”.
(San Agustín, Sermón 235,3)


5. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

5.1. ¿Qué caracteriza los diversos trechos del camino de los dos discípulos?
5.2. ¿Cómo va evolucionando la relación de los discípulos y Jesús a lo largo de este evangelio?
5.3. ¿Qué significado tiene el reconocimiento del Resucitado para el futuro de la vida de los discípulos?
5.4. ¿Cuál es la historia de mi relación con Jesús? ¿De qué experiencias, esperanzas y desilusiones está caracterizada?
5.5. ¿Cómo comprendo de nuevo acerca del Misterio de la Eucaristía, en cuanto sacramento del Crucificado-Resucitado, a partir del pasaje de los discípulos de Emaús?


P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM
Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del domingo

Sumario: El día de Pascua, Jesús resucitado nutrió dos de sus discípulos con su Palabra y con su Pan. Su corazón comienza arder. Ellos regresan por el mismo camino donde sus compañeros que habían abandonado. “Tú nos enseñas el camino de la vida”, dice el Salmo, una expresión que retoma Pedro en su discurso de Pentecostés.


Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33

Pedro pronuncia un gran discurso ante los habitantes de Jerusalén. En la primera parte (no presentada en la liturgia de este domingo) explica por qué cada judío de la diáspora, presente en la ciudad con ocasión de su peregrinación de Pentecostés, puede escuchar las maravillas de Dios en su propia lengua. Puesto que es todavía de mañana, no están llenos de vino sino de Espíritu Santo.

Sin solución de continuidad, Pedro enseguida aborda el anuncio de Jesús de Nazareth. Resume lo esencial de su vida y pasa enseguida al corazón del anuncio de la nueva fe: la muerte y resurrección de Cristo. Sin detenerse en los detalles, ni precisando el rol de cada uno, dejando de lado el tema de la fuga de los discípulos, Pedro le recuerda a los habitantes de Jerusalén la responsabilidad que tienen en el crimen que se cometió: “Ustedes lo entregaron y le quitaron la vida clavándolo en la cruz por mano de paganos…”.

Después de una acusación tan grave, se esperaría que Pedro sacase conclusiones en términos de castigo. Pero no va en esa línea. Algo nuevo ha ocurrido: en lugar de punir a los criminales, Dios venció la muerte: “Dios lo resucitó poniendo fin al suplicio de la muerte”. Efectivamente eso es lo que importa: “Poniendo fin al suplicio de la muerte”, arrancó a Jesús de sus garras y nos ha mostrado “el sendero de la vida” para saciarnos “de gozo en su presencia”. Todo esto lo ha hecho Dios conforme a las Escrituras.

En la última parte del discurso, introducida por la palabra “hermanos”, Pedro se coloca del lago de sus oyentes. No busca juzgarlos ni condenarlos sino que les anuncia el don de Dios: el Resucitado ha enviado sobre sus discípulos el Espíritu Santo prometido.

Les corresponde a los oyentes del mensaje hacerse también discípulos, al abrir su corazón escuchando a los testigos del Resucitado y al recibir el mismo Espíritu Santo, ellos entrarán en este camino.

Ese día tres mil personas se hicieron miembros de la comunidad de los discípulos y se hicieron bautizar.

Salmo responsorial: 16,1-2.5.7-11

Este Salmo de confianza en Dios es citado por Pedro en su discurso de Pentecostés. El primer versículo describe el doble movimiento de Dios hacia el creyente y del creyente hacia Dios. El salmista hace suya la oración de los levitas. Después que fue repartida la tierra entre las tribus de Israel, ello no tuvieron tierra sino el encargo de ocuparse del Templo; le correspondía a las otras tribus alimentarlos y sostenerlos. Su porción de herencia es el mismo Señor.

La segunda estrofa comienza con una bendición. El Señor es la vez el consejero y el compañero de armas del salmista. Camina a su derecha, del lado que no está protegido, el Señor es un compañero seguro. Esta certeza de estar protegido por el Señor le permite al salmista vivir una vida bella. Gracias a la asistencia del Señor, no morirá de una muerte prematura.

En la última estrofa, el Salmo alcanza cumbres místicas. Acompañado por el Señor sobre el camino de la vida, el salmista vive la bienaventuranza perfecta al estar en unión con Él. Parece tener en mira un encuentro con el Señor después de la muerte (si bien sabemos que en el tiempo de la composición de este Salmo todavía no existía en Israel la idea de la Resurrección como la entendemos hoy). El orante visualiza la verdad última de las relaciones entre Dios y los hombres.

A la luz de la Pascua, el Salmo alcanza su sentido pleno. Lo que el salmista buscaba confusamente aparece ahora claramente luminoso. Dios no ha querido que Jesús conociese la corrupción de la muerte. Con Él, nosotros aprendemos “el sendero de la vida” que nos lleva a vivir junto a nuestro amado Señor “la alegría perpetua” (o “rebosamiento de alegría”).

Segunda lectura: 1ª Pedro 1,17-21

Esta carta se redacta en torno a los años 70-80 dC y se dirige a cristianos diseminados en Asia Menor que están siendo perseguidos y, cuando menos, marginados y discriminados por su sociedad. El texto conserva elementos importantes de una primitiva catequesis bautismal (quizás una “homilía”).

Pedro comienza la carta con una larga bendición (¡en griego es una sola frase!). Esta bendición es la exclamación de un corazón maravillado y agradecido por la magnífica gesta de salvación realizada en nosotros por Dios Padre, mediante la resurrección de su Hijo Jesucristo: nos hizo renacer (alusión al Bautismo) y nos capacitó para una herencia gloriosa de salvación plena y definitiva.

De ahí se deriva la actitud permanente de los fieles: la alegría de la esperanza. No una alegría superficial o histérica, mucho menos ingenua, distraída o alienada, sino una alegría serena, profunda e intensa, una alegría victoriosa en medio de las adversidades y probaciones de un día a día duro y difícil.

¿Cuál es la fuente y su secreto? El fundamento sólido de la fe, generadora de la unión con Cristo resucitado. De hecho, la comunión de amor con Cristo no es impedida por ninguna frontera de tiempo o de espacio. La vida teologal –la fe, la esperanza y la caridad- es el secreto de la alegría y la fuente de la salvación.

(J. S. – F. O.)
Anexo 2
Para los animadores de la liturgia

I
Todos los Domingos, desde el Triduo pascual hasta Pentecostés, son “Domingos de Pascua” que hay que vivir en un continuo clima de fiesta: luz, color y música en un clima de jubilosa exultación… La Pascua es una ocasión para proporcionar a los fieles una celebración más bella, en la que todos se sientan bien y participantes. En este “continuo”, los tres primeros Domingos están caracterizados por la lectura de los evangelios de las apariciones de Cristo resucitado. Esta es, por tanto, una ocasión privilegiada para profundizar y renovar en los fieles la conciencia de la presencia de Cristo resucitado en la vida de la Iglesia (ver las primeras lecturas), particularmente en las celebraciones litúrgicas: es el “tiempo de la mistagogia”.

II
Sería bueno que todas las Eucaristías de estos domingos comenzaran con el rito de la aspersión del agua bendita, siguiendo la fórmula propia del tiempo pascual (ver el Misal). Sugerimos también que se concluya la celebración con la bendición solemne prevista en el Misal, ojalá cantada.

III
En algunas comunidades se aprovecha este tiempo para hacerle a las familias la “visita pascual”. En otras partes se tiene la costumbre de llevar la comunión pascual a los enfermos y adultos mayores que no se han podido desplazar hasta el Templo para participar de las fiestas pascuales. Sería bueno que se solemnizara dicha visita y comunión durante todos los domingos de Pascua, aprovechando para manifestarles a los enfermos, a través de algún gesto, que la comunidad no los olvida.


(V. P. – F. O)

Segundo Domingo de Pascua


Estudio Bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Segundo de Pascua – Mayo 1° de 2011


UNA HERMOSA PEDAGOGÍA DE LA FE PASCUAL:
El itinerario de la fe pascual
Juan 20, 19 –31

“Toca a Cristo quien cree en Cristo”
(San Agustín)


“Dichosos los que no han visto y han creído”


Oremos apropiándonos la conclusión de la homilía pascual de Melitón de Sardes:

“Soy Yo, en efecto, vuestra remisión;
Soy Yo, la Pascua de la salvación;
Yo el cordero inmolado por vosotros,
Yo vuestro rescate,
Yo vuestra vida,
Yo vuestra luz,
Yo vuestra salvación,
Yo vuestra resurrección,
Yo vuestro rey...
Él es el Alfa y la Omega,
Él es el principio y el fin.
Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús,
el caudillo, el Señor,
Aquel que ha resucitado de entre los muertos,
Aquel que está sentado a la derecha del Padre...”

Este octavo día de celebración de la Resurrección se une al domingo anterior para seguir proclamando que Cristo ha vencido la muerte y ha recobrado la vida que le había sido arrebatada por sus enemigos.

Durante una semana de nueva creación hemos revivido una serie de encuentros con el Verbo de Dios, el hombre perfecto resucitado de entre los muertos, quien es el centro del género humano, la alegría de cada corazón y la plenitud de sus aspiraciones, como nos enseña el Concilio Vaticano II (GS 45).

Para culminar esta serie de encuentros, el evangelio de este domingo nos presenta un itinerario de fe pascual bien elaborado.

Tomemos contacto inmediatamente con las tres partes del evangelio para que captemos su enfoque:

·       En la primera parte, en Jn 20,19-23, Jesús resucitado se le aparece por primera vez a la comunidad reunida en el cenáculo y les hace vivir la experiencia pascual. Esta primera parte responde a la pregunta: ¿Qué dones trae para mí el Resucitado?

·       En la segunda parte, en Jn 20,24-29, Jesús resucitado se aparece a la comunidad “ocho días después”, esta vez estando presente Tomás, quien pone en duda la veracidad de la resurrección de Jesús. El mismo Jesús lo conduce a la fe pascual.  Surge entonces la pregunta: ¿Cómo pueden llegar a creer en Jesús las personas que no han visto directamente a Jesús resucitado como lo vieron los apóstoles? 

·       El texto termina con una anotación conclusiva del evangelista Juan, en Jn 30-31. En estos dos versículos el cuarto evangelio se presenta todo él como un camino de fe pascual. Al condensar en sus pasos fundamentales el camino vivido y proyectarlo como modelo hacia el futuro, se plantea la pregunta: ¿Qué pretende suscitar la proclamación del Evangelio, en cuanto anuncio de los signos del Resucitado para las personas y comunidades de todos los tiempos?


1.         Primera parte: Primer encuentro con la comunidad reunida (20,19-23)

Ese mismo día –el primero de la semana- por la mañana, María Magdalena les había comunicado que “Hemos visto al Señor” (20,18).  Ahora, al atardecer (20,19ª), es el mismo Jesús quien viene donde los discípulos y ellos lo ven.

Jesús los encuentra con la puerta cerrada. Todavía están en el sepulcro del miedo y no están participando de su nueva vida (20,19b).

Notemos lo que va sucediendo en la medida en que Jesús se manifiesta en medio de la comunidad:

1.1.      Primer momento: los discípulos experimentan la presencia del Señor (20,19c-21)

Detengámonos en las frases y procuremos sentir la fuerza de sus afirmaciones:

(1)       Jesús se pone en medio: “Se presentó en medio de ellos” (20,19c).

Lo primero que hace Jesús es mostrarles que lo tienen a él, vivo, en medio de ellos, y su presencia los llena de paz y alegría. 

En un mundo que les infunde miedo, ellos tienen en medio al vencedor del mundo. Recordemos que la última palabra de su enseñanza cuando se despidió de ellos fue: “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo” (16,33). 

(2)       Jesús les da la paz: “Y les dijo: La paz con vosotros” (20,19d)

El don primero y fundamental del Resucitado es la paz. Tres veces en este pasaje del evangelio se repite el saludo: “Paz a vosotros” (20,19.21.26). 

Jesús les había prometido esa paz que el mundo no puede dar (ver 14,27).  Ahora, en el tiempo pascual, cumple su palabra porque está en el Padre y porque ha vencido al mundo (16,33).

Esta victoria de Jesús es el fundamento de la paz que él ofrece. Y, si bien Jesús no pretende eximir a sus discípulos de las aflicciones del mundo (ver 16,33), ciertamente su intención es darles seguridad, serenidad y confianza en medio de ellas.

(3)       Jesús les muestra las llagas de sus manos: “Dicho esto, les mostró las manos...” (20,20ª)

El Resucitado no sólo habla de paz, sino que se legitima delante de sus discípulos, dándole un fundamento sólido a su palabra. Para ello les muestra sus llagas.  Los discípulos aprenden entonces que el que está vivo delante de ellos es el mismo Jesús que murió en la Cruz: el Resucitado es el Crucificado. 

Mostrar las llagas tiene un doble significado: (1) es una expresión de su victoria sobre la muerte; es como si nos dijera: “Mira he vencido”. (2) Es un signo de su inmenso amor, un amor que no retrocedió a la hora de dar la vida por los amigos; y es como si nos dijera: “Mira cuánto te he amado, hasta dónde he ido por ti”. 

El Resucitado estará siempre lleno de esta victoria y de este amor de la Cruz.  En otras palabras, en el Resucitado permanece para siempre el increíble amor del Crucificado. 

(4)       Jesús les muestra la herida del pecho: “...y el costado” (20,20b) 

Jesús le muestra a su comunidad las llagas de los clavos y también su pecho traspasado por la lanza.  De esa herida había fluido sangre y agua cuando estuvo en la Cruz. Por lo tanto el gesto nos remite a lo que observó el Discípulo Amado cuando estuvo al pie de la Cruz: “Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (19,34).

La herida del costado de Jesús permanece para siempre en el cuerpo del Resucitado como una prueba de que él es la fuente de la vida (ver 7,38-39), esa vida nos hace nacer de nuevo en el Espíritu Santo.

(5)       Los discípulos, finalmente, reaccionan con una inmensa alegría: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor (20,20c)

La alegría pascual había sido una promesa de Jesús antes de su muerte: “Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo... Vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (16,20.22).

Ahora, cuando los discípulos “ven” a Jesús, la promesa se convierte en realidad.  Jesús resucitado es el fundamento indestructible de la paz y la fuente inagotable de la alegría.

En fin, el Resucitado viene y se deja ver. Contemplar al Resucitado es experimentar el amor sin límite ni medida del Crucificado, participar de su victoria sobre la muerte y recibir plenamente el don de su vida.  Entre más comprendan esto los discípulos, mucho más se llenarán de paz y de alegría.  Jesús Resucitado es el fundamento de la paz y la fuente de la alegría.

1.2.      Segundo momento: Jesús envía al mundo a la comunidad compartiéndole su misión, su vida y su autoridad (20,22-23)

La experiencia del Resucitado que lleva a la comunidad a hacer propia la victoria de Jesús sobre la Cruz, tiene enseguida consecuencias: ella es enviada con la misma misión, vida y autoridad de Jesús resucitado.

De esta manera Jesús les abre las puertas a los discípulos encerrados por el miedo y los lanza al mundo con una nueva identidad y como portadores de sus dones. Veamos:

(1)       Los discípulos reciben la misma misión de Jesús: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (20,21)

Jesús les da la paz a sus discípulos por segunda vez y conecta este don con la misión que les confía. Quien participa de la misión de Jesús, también participa de su destino de Cruz, por eso los misioneros pascuales deben estar arraigados en la paz de Jesús.

Jesús envía a sus discípulos al mundo con plena autoridad (“Yo os envío”), así como el Padre lo envió a Él (ver también 17,18).  En la pascua se participa de la vida del Verbo encarnado y una forma concreta de participar de su vida es continuar su misión en el mundo.  Como se ve enseguida, el Espíritu Santo es también el principio creador de la misión.

(2)       Los discípulos reciben la misma vida de Jesús: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’” (20,22ª)

Para que la misión sea posible, los discípulos deben estar revestidos del Espíritu Santo.  Cuando Jesús sopla el Espíritu Santo sobre ellos los hace “hombres nuevos”.  El mismo Jesús de cuyo costado herido por la lanza brotó el agua que es símbolo del Espíritu Santo (ver 7,39), él mismo –como en el día de la creación-  infunde en los discípulos el “Ruah”, esto es, el “Soplo vital” de Dios. 

Jesús les da una vida nueva que no pasará nunca, su misma vida de resucitado, esa vida que tiene en común con el Padre.

(3)       Los discípulos reciben la misma autoridad de Jesús: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados...” (20,23) 

Finalmente el Resucitado envía a los discípulos con plena autoridad para perdonar pecados.  El perdón de los pecados es acción del Espíritu, porque ser perdonado es dejarse crear por Dios. Es así como en la Pascua se realizan plenamente las palabras que Juan Bautista dijo acerca de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1,29).  Quien acoge a Jesús resucitado, experimenta su salvación, sus pecados son perdonados y entra en la comunión con Dios. 

Los discípulos, testigos de la salvación pascual, prosiguen esta obra de Jesús en la obra de la evangelización.  De ahí que toda acción evangelizadora debe llevar a una verdadera transformación de la persona, mediante la superación de sus contradicciones internas y la apertura a una vida nueva de comunión con Dios y con los hermanos.

Los discípulos pueden ser rechazados en la misión. En realidad, el rechazo del evangelizador no es un rechazo de él sino de Jesús que fue quien lo envió (ver 20,21b). Y el rechazo de Jesús es el rechazo de su obra pascual, el negarse una vida en paz y alegría, porque el pecado es conflicto interno y tristeza continua.  Por eso, cuando hay “obstinación” ante el mensaje pascual de los discípulos, ellos pueden “retener los pecados”, que en realidad es “retener el perdón”.  Esta frase, que suena dura, en realidad no se refiere a una condenación, sino a un renovado llamado a la conversión. Según el evangelio, “retener” es poner en “cuarentena” e inducir una pedagogía del perdón.

La comunidad de los seguidores de Jesús queda consagrada para la misión. Por eso la Iglesia es por su naturaleza propia: misionera.  Todo discípulo debe llevar por todo el mundo la Palabra de Jesús y su persona divina, para hacerlo conocer y acoger por todos. 

2.         Segunda parte: el drama del nacimiento de la fe en el corazón del incrédulo Tomás (20,24-29)

La segunda parte del evangelio de este domingo nos presenta la pedagogía de la fe pascual para todos aquellos cuyo “creer” tiene como punto de partida la “predicación-testimonio” de la Iglesia.

El apóstol Tomás, ausente en el primer encuentro con el Resucitado, rechaza el testimonio de los otros discípulos (“Hemos visto al Señor”, 20,24), no confía en ellos, porque los considera víctimas de una alucinación colectiva. Él exige ver a Jesús personalmente para constatar que se trata del mismo Jesús que conoció terrenalmente, con las cicatrices de los clavos y la herida de lanza (ver 20,24-25).

Y el Señor acepta el desafío de Tomás. Jesús no rechaza su solicitud sino que, contrariamente a lo que se podría esperar, le concede lo pedido.  Pero si bien mediante el contacto con sus llagas lo conduce a la fe, una fe nunca antes vista, Jesús recalca que la verdadera fe que merece bienaventuranza es de los que creen sin haber visto, es decir, la fe que no depende de las condiciones puestas por este apóstol. Veamos el itinerario.

De nuevo es el primer día de la semana.  Los discípulos están reunidos, como lo hicieron ocho días antes, y Tomás ahora está entre ellos (20,26ª).  Entonces, Jesús irrumpe en medio de la comunidad como lo hizo también en la primera aparición: les desea la paz (20,26b).

Y comienza la pedagogía de la fe con Tomás:

(1)       Por propia iniciativa se va hasta donde está Tomás, se le pone al frente y habla con él. Jesús retoma las mismas palabras que Tomás dijo cuando se cerró ante el testimonio de los discípulos, cuando no conseguía ver el camino hacia la fe, la paz y la alegría pascual.  El gesto de Jesús hace salir a Tomás de su aislamiento, de manera que junto con él, toda la comunidad sea una en el gozo pascual.  Jesús no quiere que nadie quede excluido de la paz y del gozo pascual.

(2)       Jesús le muestra las marcas de su muerte y de su amor (20,27), es decir, le hace sentir que lo ama y que al dar la vida por él, Jesús es la fuente de su salvación. Al mostrarle las llagas responde plenamente a la pregunta que Tomás le hizo en el ambiente de la última cena: esas llagas son el camino de la resurrección, la verdad de un Dios que lo ama y lo Salva, y la fuente de la vida nueva.

(3)       Tomás reacciona con una altísima confesión de fe, como ninguno antes que él: “¡Señor mío y Dios mío!” (20,28).  Tomás se demoró más que todos los demás para llegar a la fe, pero cuando llegó los sobrepasó a todos. 

Cuando dice “Mi Señor”, Tomás está reconociendo que con su resurrección Jesús ha mostrado que es verdadero Dios, ya que “Señor” es la forma como la Biblia griega lee el nombre de “Yahveh”. Por tanto Jesús es Dios así como Dios Padre: con la resurrección Él ha entrado en la posesión de la gloria divina, la gloria que tenía en el Padre antes de la creación del mundo (ver 17,5.24). Cuando dice “Mío”, Tomás se somete a su voluntad y se abre a la acción de su mano poderosa.

Esta relación con Jesús, basada en su Señorío, tiene validez porque Jesús es Dios. Por eso lo acepta como “¡Mi Dios!”.  Tomás reconoce a Jesús como el mismo Dios en persona que se acerca a cada hombre en su realidad histórica para salvarlo dándole vida en abundancia.  Para Tomás, todo lo que Jesús obra como Señor, en realidad es lo que Dios obra. 

En el corazón del discípulo incrédulo se enciende entonces la llama de una fe profunda que supera la de los demás. Tomás comprende que al resucitar de entre los muertos, el Maestro ha demostrado de forma clara y convincente que Él es el Señor Dios, como Yahvéh, soberano de la vida y de la muerte.

Pero las cosas no terminan aquí. Es verdad que la fe de Tomás es auténtica y sincera, pero ella tuvo necesidad de la prueba concreta: ver con los propios ojos y tocar con las propias manos al Resucitado.  Cuando llega a este punto, el evangelista plantea el problema de cómo llegarán a la fe los que no han podido ver al Señor Jesús: ¿éstos podrán creer?  La respuesta es: ¡Claro que sí!  No sólo será posible su fe, sino que ésta será superior y más meritoria que la de los primeros discípulos.

Es por eso que al final el diálogo de Jesús con Tomas nos involucra también a nosotros. De repente, vemos cómo Jesús da media vuelta y nos hace un guiño de ojo a nosotros los lectores de este evangelio hoy diciendo: “Dichosos los que no han visto y han creído” (20,29).  Jesús mira y felicita con una bienaventuranza a todos los que creerán en el futuro. 

El camino de Tomás no se repetirá de nuevo, lo que queda vigente para nosotros es el testimonio apostólico que con la fuerza del Espíritu Santo proclama: “Hemos visto al Señor”.

3.         Conclusión: el evangelio como signo permanente que invita a la fe pascual (20,30-31)

Veamos finalmente la conclusión. La voz pasa de Jesús a la del evangelista Juan quien dialoga directamente con nosotros.

Si leemos estos versículos en conexión con Jn 20,29, notaremos enseguida la continuidad. Jesús pronunció la bienaventuranza del “creer”, pero no dejó claro con base en qué se daría este “creer”.  Ahora Juan nos dice que el “creer” está basado en el “testimonio pascual”, y dicho testimonio llega a nosotros por medio del evangelio escrito y por la predicación de la Iglesia que le da viva voz y la actualiza. 

Los signos “escritos” (20,30-31) hacen referencia al itinerario de la fe propio del evangelio de Juan: sus siete signos reveladores transversales, las tres pascuas de Jesús y sobre todo el relato de la Pasión-gloriosa del Maestro. Juan no considera inútiles los signos que Jesús obró, con relación a la fe ellos puede favorecer el nacimiento y la profundización de su fe.

Por esta razón termina diciendo que redactó su evangelio precisamente con este fin: que los lectores de su libro crean que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios (20,30-31).  La fe en el mesianismo divino de Jesús se alimenta de la meditación de los signos realizados por el Señor, entre los cuales el más estrepitoso consiste en su resurrección de entre los muertos al tercer día (ver Jn 2,18ss), precisamente allí donde nos comunicó su misma vida.

Resulta entonces el siguiente esquema:

PROCLAMACIÓN ESCRITA
de los “signos” de Jesús



CREER
en Jesús como Cristo e Hijo de Dios



TENER VIDA
en el nombre de Jesús

El evangelio está diseñado para enseñarnos a leer los signos del Resucitado en la historia y nos conduce por itinerarios de fe que desembocan en la rica experiencia de la vida nueva de Cristo Resucitado, y en esa vida nueva nos sumergimos en la amorosa comunión, profunda y total con Dios, fuente, origen y meta de nuestra existencia.


4.         Releamos el Evangelio con los Padres de la Iglesia

4.1.      San Gregorio Magno: Incorruptible, pero palpable

“Debemos considerar a la luz de toda la obra del Redentor, aquellas acciones que por sí mismas no se pueden comprender, a fin de que los maravillosos hechos de su vida nos den argumentos de fe en orden a aquello que nos parece más sorprendente.

De hecho, el cuerpo del Señor, que entró en el cenáculo estando las puertas cerradas era el mismo que en el momento de su nacimiento salió a los ojos de los hombres del vientre intacto de la Virgen. ¿Porque, entonces, nos habríamos de admirar que después de la resurrección, Él, vencedor para siempre, entre (donde están los discípulos) con las puertas cerradas, si Él, cuando vino para morir, salió intacto del vientre de la Virgen?

Pero porque la fe de aquellos que contemplaban su cuerpo estaba dudando, les mostró las manos y el costado, e hizo tocar aquella carne que pasó a través de las puertas cerradas.
De modo maravilloso e incomparable, nuestro Redentor mostró después de la resurrección su cuerpo incorruptible pero palpable, para que la incorruptibilidad convidara a conquistar el premio, y la posibilidad de tocarlo fuera una confirmación de la fe. Se mostró incorruptible y palpable también para demostrar que su cuerpo después de la resurrección tenía la misma naturaleza, pero una diversa gloria”.
(Homilía 26,1)

4.2.      San Agustín: Toquemos a Cristo

“¿Por qué razón se le permite a Tomás que toque el cuerpo del Señor, mientras que a María se le dice: ‘¿No me toques?’. En el mismo lugar se dice el motivo: ‘Todavía no he subido al Padre’ (Juan 20,17). ¿Cómo así? ¿Estás aquí en la tierra y me prohíbes tocarte? ¿Quién te tocará cuando subas? ¿Estando en la tierra rechazas la mano que está cerca? (…).
‘No me toques’. ¿Por qué? ‘Porque todavía no he subido a mi Padre’: toca al que sube al Padre.

¿Qué quiere decir: ‘toca al que sube al Padre’? Toca a Aquel que es igual al Padre, toca a Dios, esto es, cree en Dios. Lo que ves es fácil… no es gran cosa ver la carne… Por eso, ‘no me toques’, esto es, no te contentes con eso, no se detenga ahí tu mirar, no se acaba ahí tu fe.

Toquemos a Cristo, toquemos. Creer es tocar. No quieras extender la mano apenas hacia el hombre, di lo que Pedro dijo: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Que Cristo no sea para ti apenas un hombre… Insisto en que no prescindas de Cristo hombre, pero te quedes con eso: no llega a la posada quien quiere quedarse en el camino. Levántate y camina: Cristo hombre es tu camino, Cristo-Dios es tu patria”
(Sermón 375C, 4.5)


5.         Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón:

1.         Quien cree realmente en el Señor resucitado, no puede vivir dominado por un estado de tristeza permanente, de miedo y de angustia, porque el sol fulgurante de la pascua aclara todo su cielo y le da confianza, paz y gozo. ¿Cuánto ha crecido en estos ocho días mi fe, mi paz y mi alegría? ¿He tomado en serio los itinerarios pascuales?

2.         ¿Qué consecuencias tuvo para la comunidad reunida en Jerusalén la primera aparición del Resucitado? ¿Cómo se vivencia hoy?

3.         ¿Qué pasos dieron los apóstoles y Tomás para llegar al reconocimiento de Jesús resucitado en medio de ellos?

4.         Cuando en oración repito la confesión de fe de Tomás, “Señor mío y Dios mío”, ¿qué estoy queriendo decir? ¿Qué consecuencias tiene para mi estilo de vida?

5.         ¿Qué pistas nos sigue dando el Resucitado hoy para que lo reconozcamos?


P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM