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martes, 26 de abril de 2011

Quinto Domingo de Pascua

Estudio de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Quinto de Pascua – Mayo 22 de 2011

Jesús Camino, Verdad y Vida:
Cómo alcanzar la más profunda aspiración humana
Juan 14, 1-12

“El mismo Camino vino a tu encuentro
y te despertó del sueño en que dormías.
¡Levántate y camina!”
(San Agustín)


“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí”


Oremos:

“Señor, Dios nuestro,
tú nos has redimido y nos has concedido
la gracia de la adopción;
mira con bondad a estos hijos que tanto amas,
para que quienes creemos en Cristo
alcancemos la libertad verdadera”
(Oración colecta de este Domingo)

Introducción

El quinto (hoy) y el sexto domingo de esta cincuentena pascual nos trasladan hasta el cenáculo, donde –en una amplia conversación– Jesús se despide de sus discípulos y les deja su testamento (ver el discurso de despedida completo en Juan 14-16).

Una pregunta de fondo nos da la clave para entrar en los pasajes escogidos: ¿Qué implicaciones tiene la resurrección de Jesús para el presente y el futuro de su comunidad de discípulos?

1. El texto en su contexto

Un doloroso anuncio: “Me voy”

Después de lavarles los pies a sus discípulos (ver Juan 13,2-20) y cuando el traidor ya ha salido del cenáculo para ejecutar su macabro pan, Jesús le anunció a sus discípulos que se iría, que su comunión de vida terrena con ellos llegaba a su fin: “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros…” (13,33).

La convivencia con Jesús, después de haber sido llamados a compartir su casa (“Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”; 1,39), fue un bello tiempo marcado por una amistad sabrosa. Pero éste ahora se interrumpe y termina bruscamente con la muerte de Jesús.

La nostalgia surge entonces como un sentimiento cruel que aprieta la garganta.  ¿Eso significaría entonces que el discipulado, el seguimiento estrecho del maestro, la amistad sabrosa con él, no fue más que algo pasajero que queda para el recuerdo una vez que la muerte se interponga en medio del amor y separe para siempre a los que se han amado intensamente?

¿Habrá que consolarse con los recuerdos de este tiempo? ¿La muerte es también el fin de la relación?

Señor, ¿a dónde vas?

Pedro no soporta la idea de la separación: “Señor, ¿a dónde vas?”. Y Jesús le responde: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde” (13,36). Entonces le anuncia las negaciones (ver 13,38).

La ruta por la cual Jesús “va” será la que Pedro y todos los discípulos tendrán que recorrer mediante el “seguimiento” (“Me seguirás más tarde”; 13,36c). Pero antes de hacerlo, el discípulo debe tener una visión clara y completa de la geografía espiritual que conduce hasta le meta de ese camino. Por eso a la hora de la despedida, en medio las lágrimas, tratando de aprovechar con intensidad los últimos instantes que les quedan juntos, la palabras de la despedida se van convirtiendo poco a poco en palabras de consolación. 

En pocas palabras, Jesús le explica a sus amigos que no se separa de ellos para siempre sino que su separación marca un giro importante en la vida del discipulado, no propiamente el fin, digo un giro importante y decisivo en la manera de seguir a Jesús, un giro importante que tiene como finalidad la creación de lazos de amor todavía más fuertes, profundos e indestructibles que los anteriores.

2. Características del texto

2.1. El texto de Juan 14,1-12

Dijo Jesús:
1 “No se turbe vuestro corazón.
Creéis en Dios: creed también en mí.
2En la casa de mi Padre hay muchas mansiones;
si no, os lo habría dicho;
porque voy a prepararos un lugar.
3Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar,
volveré y os tomaré conmigo,
para que donde esté yo estéis también vosotros.
4Y adonde yo voy sabéis el camino”.
5Le dice Tomás:
“Señor, no sabemos a dónde vas,
 ¿cómo podemos saber el camino?”.
6Le dice Jesús:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí.
7Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre;
desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.
8Le dice Felipe:
“Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.
9Le dice Jesús:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?
10¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?
Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta;
el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.
11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Al menos, creedlo por las obras.
12En verdad, en verdad os digo:
el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago,
y hará mayores aún, porque yo voy al Padre”.

2.2. Núcleo: los discípulos aprenden un nuevo horizonte para sus vidas

La enseñanza de Jesús comienza con una invitación a confiar en Él: “No se turbe vuestro corazón” (14,1ª). Cuando los sentimientos se agitan por el vacío de una ausencia, Jesús ofrece la fortaleza de la fe: “Creéis en Dios; creed también en mí” (14,1b).

En la primera parte de la enseñanza, notamos que la referencia a Dios Padre lo enmarca todo:
-        Al principio dice: “En la casa de mi Padre…” (14,2).
-        Al final dice: “Yo voy al Padre” (14,12).

La estrecha relación entre el Padre y el Hijo se ve más claramente en el tiempo pascual:
-        Jesús va al Padre: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (20,17).
-        De quien proviene: “Sabiendo que le Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (13,3).
-        Y con quien vive desde la eternidad en una gran comunión: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio con Dios” (1,1).

Vale la pena observar a lo largo del pasaje que leemos hoy cómo se va presentando la relación entre el Padre y el Hijo. Este es el horizonte sobre el cual Jesús propone la relación con sus discípulos.

2.3. Una enseñanza ordenada

El texto tiene cuatro partes:
(1)    Jn 14,1-4: Jesús exhorta a la confianza y enseña cuál es el futuro de la relación con Él.
(2)    Jn 14,5-7: Jesús les hace una gran revelación (con un solemne “Yo soy”).
(3)    Jn 14,8-11: Jesús señala su profunda unidad con el Padre.
(4)    Jn 14,12: Jesús saca una consecuencia para el discipulado: “hacer sus obras” (Es el comienzo de una nueva sección de la enseñanza).

El pasaje se desarrolla siguiendo la dinámica de un diálogo: (1) En la primera parte Jesús tiene en vista las palabras anteriores de Pedro (13,36: “Señor, ¿a dónde vas?”); (2) en la segunda responde a la pregunta de Tomás (14,5: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”); (3) finalmente responde a la solicitud de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (14,8).

3. Profundización

3.1. Un vínculo más fuerte con Jesús (14,1-4)

En esta primera parte Jesús exhorta a la confianza y enseña cuál es el futuro de la relación con Él:

1No se turbe vuestro corazón.
Creéis en Dios: creed también en mí.
2En la casa de mi Padre hay muchas mansiones;
si no, os lo habría dicho;
porque voy a prepararos un lugar.
3Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar,
volveré y os tomaré conmigo,
para que donde esté yo estéis también vosotros.
4Y adonde yo voy sabéis el camino”.

Como anotamos arriba, a la hora de la despedida, Jesús le explica a sus discípulos que no se separa de ellos para siempre, sino que su partida sirve para establecer un vínculo aún más fuerte.

(1) La fe que vence el temor (14,1)

Jesús comienza con palabras fuertes: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mi” (14,1).

El término “turbación” es elocuente. Para entenderlo remitámonos al pasaje de la muerte y resurrección de Lázaro, donde dice que delante de la tumba de su amigo querido Jesús “se conmovió interiormente, se turbó” (11,33) y enseguida se puso a llorar (11,35). 

Esta turbación es la sensación previa a las lágrimas, es una conmoción profunda, por eso dice “del corazón”. Es la sensación de que a uno como que le quitan el piso, no tiene apoyo, como que se pierden los horizontes, todo se vuelve oscuro.  Es una sensación desagradable; por eso tememos tanto la partida de los seres que amamos.

Un místico lo expresaba de una manera bellísima con relación a Dios: “Que yo sin ti me quedo, que tú sin mi te vas”. Es decir: seguir viviendo sin el amado es como morir.

Frente a ese sentirse sin apoyo Jesús les ofrece un piso de confianza: “Creéis en Dios, creed también en mi” (14,1b).Jesús señala la actitud fundamental con la cual los discípulos deben afrontar la situación de la separación: la confianza.

Esta exhortación vale no sólo para los discípulos, sino también para todos aquellos que creerán después en Él. Estos últimos se encuentran en la misma situación de aquellos discípulos, para los cuales no sólo Dios sino también Jesús mismo ahora hace invisible para los ojos mortales.

Ante este hecho, los discípulos no deben dejarse impresionar, perder la compostura, para andar preocupados o inquietos. Justo ahora deben tener su más sólido fundamento y su inquebrantable apoyo en Dios y en Jesús. Sólo en la fe serán capaces de enfrentar esta situación. Jesús habló varias veces del “creer” como respuesta a sus signos y como camino de acceso a la vida eterna. Ahora que ellos no lo verán más, el “creer” de los discípulos es aún más necesario.

Pero así como uno cree en Dios a quien no ve, Dios es invisible, así también hay que creer en él en cuanto Señor resucitado.  De la misma manera que se cree en él Dios invisible hay que creer el Resucitado.

Jesús y el Padre están al mismo nivel. A Dios y a Jesús se les debe el mismo tributo de fe, porque el Padre se deja conocer a través del Hijo y obra en comunión inseparable con el Hijo  por medio de Él (14,10-11). Sin ver, los discípulos deberán apoyarse con una confianza ilimitada en el Padre y en el Hijo, construyendo todo sobre ellos.

(2) El nuevo y definitivo espacio de relación en la casa del Padre (14,2)

El hecho de que Jesús se vaya no constituye una separación definitiva, sino que sirve para su unión eterna: “Voy a prepararos un lugar” (14,2b).

La referencia a “muchas mansiones” en la casa del Padre, expresa ante todo la idea de una morada permanente. La metáfora no describe a Jesús arreglando un cuarto sino construyendo una casa: así como lo que se aman, construyen casa para vivir juntos.

En la frase hay dos pistas importantes:
-        Para Jesús la muerte es un retorno a la casa del Padre (13,1). Exaltado y glorificado, él estará para siempre en la comunión perfecta con el Padre.
-        Jesús había explicado su muerte y su resurrección desde el comienzo del Evangelio en la expulsión de los vendedores del tempo diciendo que destruiría el templo destruido por hombres y lo reconstruiría en tres días, anota el evangelista: “Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo” (2,21).  Jesús resucitado es la nueva construcción.

Es así como la Pascua es la construcción de la “morada”. Exaltado y glorificado, Jesús estará siempre en la perfecta comunión con el Padre. En ésta “morada” serán acogidos los discípulos de Jesús. Los discípulos tienen su patria definitiva no sobre esta tierra sino en Dios (el cielo).

(3) Una comunión perenne: el don más precioso de Jesús (14,4)

Jesús no se va para abandonar a sus discípulos sino para prepararles un puesto junto al Padre. Viene entonces para tomarlos consigo y estar en unión eterna con ellos: “Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3).

Es importante que los discípulos no se fijen solamente en el hecho de que Jesús muera de tal muerte y que no ya no esté con ellos. Ellos deben ver con fe el fin, o sea, que todo aquello que Jesús ya llevó a cabo está orientado a su comunión perenne con Él y con el Padre.

(4) Para ello hay que ponerse en camino (14,4)

Pero este don de Jesús, no puede llevar al discípulo al pasivismo: de la participación y el compromiso.  Y eso es lo que Jesús quiere decir con la imagen del “camino”: “Adonde yo voy sabéis el camino” (14,4).

Hay que ponerse en movimiento por el “camino” indicado por Él mismo en sus palabras, sus obras y todo lo que aprendieron en la convivencia amiga con él.  

Pero viene enseguida una gran revelación.

3.2. Una gran revelación: el camino es el mismo Jesús (14,5-7)

En esta segunda parte Jesús les hace una gran revelación a sus discípulos:
5Le dice Tomás:
“Señor, no sabemos a dónde vas,
 ¿cómo podemos saber el camino?”.
6Le dice Jesús:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí.
7Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre;
desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.

Como se acaba de anotar, lo dicho en la primera parte acerca del don de la Pascua, podría dar la impresión de que los discípulos permanezcan pasivos y que sean simplemente conducidos por Jesús al Padre.

La enseñanza ahora es que los discípulos no pueden permanecer inactivos sino que deben también moverse por sí mismos. Por eso Jesús los instruye sobre el camino para llegar al Padre: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (14,6).

(1) Los matices de esta revelación (14,6ª)

Camino

El camino es el mismo Jesús. Ya en la parábola del Buen Pastor, él había dicho: “Yo soy la puerta: si uno entra por mí, estará salvo” (10,9). Nosotros hombres no podemos salvarnos por nosotros mismos, esta posibilidad es inaccesible para nosotros. Hay un único acceso a la salvación: Jesús en persona. La salvación consiste en la unión con Dios gracias al acceso que Jesús nos da a esta comunión.  Como es la única puerta, así Jesús es también el único “Camino” hacia el Padre, en cuanto es la “Verdad” y la “Vida”.

Yo Soy

Esta es la sexta vez en este Evangelio que Jesús se presenta con un solemne “Yo Soy”. Como cada vez que se define con la expresión “Yo soy”, también aquí Jesús nos demuestra que en su persona está presente Dios (Yahvé) como dador de salvación para nosotros.

El gran don que Dios nos hace y nos es manifestado por Jesús es el hecho de poder acceder a Él. Dios está escondido para nosotros e inaccesible (“A Dios nadie lo ha visto jamás”; 1,18ª), pero no excluye la posibilidad de que lleguemos a Él (“Pero el Unigénito, que estaba en el seno del Padre, Él nos lo ha contado”; 1,18b).

En Jesús, Dios mismo está presente ante nosotros en su verdadera realidad.

Verdad

“Él es la Verdad” significa que sólo por medio de Él se puede conocer el misterio de Dios. Sólo por medio de Jesús, en su realidad de Hijo, se revela que Dios es realmente Padre y vive desde siempre en una afectuosa comunión y a la par con este Hijo (1,1.18). Jesús es la perfecta revelación del Padre.

Vida

“Él es la Vida” significa que tenemos la unión con Dios Padre, y por tanto la verdadera vida eterna, sólo a través de la unión con Jesús. Él es la fuente de vida: “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10; ver también 1,4-5; 5,26; 6,35.57; 8,12; 11,25; 17,2-3).

(2) La contundencia de esta revelación: todo pasa por Jesús (14,6b)

Es claro que Dios es inaccesible a nosotros en su verdadera realidad de Padre. También es claro que con nuestras fuerzas no podemos llegar por ningún camino hacia Él. Sólo Jesús es el “camino”.

Entonces, por medio de Jesús alcanzamos la revelación completa sobre nuestro origen y nuestro destino (que tiene el rostro de un “Padre” generador de vida y plenitud de la misma); y no sólo lo sabemos sino que lo logramos: en Él está la “Vida”. Sólo por medio de Jesús se nos concede el conocimiento y la vida del Padre: “Nadie va al Padre sino por mí”.

En cuanto sólo Jesús es el Hijo unigénito que está a la par con Dios, sólo Él es la puerta de acceso al Padre. Todos los otros caminos no llevan al Padre. Jesús es el único camino que conduce a la meta. Nosotros no podemos llegar al Padre con ninguna otra guía. Sólo por medio de Jesús obtenemos el conocimiento de Dios y la unión con Él en su verdadera realidad de Padre.

3.3. La maravillosa comunión entre el Padre y el Hijo (14,8-11)

En la tercera parte, que ahora abordamos, Jesús señala su profunda unidad con el Padre:
8Le dice Felipe:
“Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.
9Le dice Jesús:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?
10¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?
Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta;
el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.
11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Al menos, creedlo por las obras.

En su respuesta a Felipe, Jesús aclara de qué modo Él es el camino que conduce al Padre. Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (14,8).

Felipe parece estar pensando en una teofanía, en una visión directa de Dios, en una experiencia extraordinaria. Jesús no es “camino” en cuanto transmite fenómenos y experiencias excepcionales de este tipo.  Lo es del modo que aquí experimentan los discípulos: con sus palabras y con sus obras, con la vida común entre sí. Lo es en cuanto Verbo de Dios hecho carne, con su aspecto humano lleno de discreción.

La única posibilidad de abordar y recorrer esta vía es la fe.

Para quienes tienen fe les dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (14,9). Quien reconoce por la fe a Jesús como Hijo, logra enseguida por la fe al Padre. Sólo para quien cree en él, Jesús es el camino,  continuará siéndolo aún cuando no esté visiblemente entre los suyos.

La relación con Jesús no es como la que se tiene con un amigo más, sino que va más allá: al conocimiento pleno del misterio de Dios y cuyo fondo es su rostro paterno, y también a la relación misma con este Dios descubierto en su tremenda cercanía de Padre, una relación, una unión en la cual se genera una vida eterna.

Aquel Padre, del que Tomás desea conocer con todo su ser, es lo máximo de la felicidad, de la protección, de la ternura. Por eso dice: “nos basta”.

4. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

“Si lo amas, síguelo. Me responderás: ‘Yo lo amo, ¿pero por dónde lo seguiré?’. Si el Señor tu Dios te dijera: ‘Yo soy la Verdad y la Vida’, tu deseo de verdad y vida te llevaría ciertamente a buscar el camino para llegar allá, y pensarías: ‘¡Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida! ¡Oh, si fuese posible que mi alma encontrara el camino para llegar allá!’.
¿Quieres conocer el camino? Escucha lo que el Señor dice en primer lugar: ‘Yo soy el Camino’. ¿Camino para dónde? ‘La verdad y la vida’. Dijo primero por dónde debes ir, y enseguida indicó para dónde debes ir. ‘Yo soy el Camino, Yo soy la Verdad, Yo soy la vida’. Permaneciendo junto al Padre es Verdad y Vida. Revistiéndose de nuestra carne, se hizo Camino.
No se te ha dicho: ‘Esfuérzate por encontrar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida’. No es eso, ciertamente. Levántate, perezoso. El mismo Camino vino a tu encuentro y te despertó del sueño en que dormías –si es que llegó a despertarte-. ¡Levántate y camina!”.
(San Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 34,9)

5. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón
5.1. ¿Cuáles eran los sentimientos de los discípulos de Jesús en el Cenáculo cuando el Maestro anunció su partida? ¿Cómo afrontó los duelos, la muerte de los seres amados? ¿Qué enseña Jesús a propósito de su muerte?
5.2. ¿Cuál es el don que los discípulos reciben a partir de la muerte y resurrección de Jesús? ¿Qué quiere decir la imagen de la “casa”?
5.3. ¿Qué debe hacer un discípulo ante el don pascual de Jesús?
5.4. ¿Cómo entender la frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida?
5.5. ¿A qué se refiere Jesús cuando dice: “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre”?


P. Fidel Oñoro,cjm
Centro Bíblico del CELAM

Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del Domingo

Sumario: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dice Jesús en el evangelio de hoy. Él es la piedra viviente, el fundamento de la Iglesia, escribe Pedro. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran cómo la primitiva Iglesia se organiza para ser fiel al servicio de la mesa y al servicio de la Palabra.


Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7

En la joven comunidad cristiana revienta un pequeño conflicto entre aquellos que se expresan en lengua griega (cristianos provenientes de la “diáspora” judía) y los que lo hacen en arameo (cristianos de origen palestinense); el pluralismo lingüístico y cultural general roces. Los primeros se consideran afectados en la distribución de víveres; está en juego el ejercicio de la caridad. Los Doce no dejan que este problema envenene la vida de la Iglesia, la comunidad de los “discípulos” (es la primera vez que los cristianos son llamados así en los Hechos).

Organizan un debate y hacen propuestas para arreglar el asunto. Recuerdan lo que Jesús dijo después de la cena en la casa de Marta. Allí Marta se esforzaba por prestar un servicio impecable, pero Jesús puso a María de Betania como ejemplo. No se trataba de rebajar a una de las hermanas sino de establecer la prioridad de la escucha de la Palabra sobre cualquier otra actividad. Sentada a los pies de Jesús, María simbolizaba el trabajo esencial de todo discípulo. Este principio es respetado aquí. Los Doce recuerdan la prioridad de las prioridades.

Pero ellos recuerdan ciertamente también las palabras de Jesús después de la última cena: “Los Reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve”  (Lc 22,25-26). Es eminente la dignidad del servicio, de la diaconía, función esencial en la Iglesia.

Fieles a las palabras y al comportamiento de Jesús, la comunidad de los discípulos comienza a organizarse. Nuevos ministerios son creados. Otros son abandonados, como el los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Nada lleva a pensar que los sacerdotes que han entrado en la comunidad hayan continuado ejerciendo su función en el Templo. Todo está subordinado a las tareas esenciales, anunciadas al comienzo del libro de los Hechos: “Escuchar la enseñanza de los Apóstoles, vivir en comunión fraterna, partir del pan y participar en las oraciones” (ver Hechos 2,42).

Notemos en el texto la intervención de la comunidad y de los Doce en particular, para resolver el problema; el papel del Espíritu Santo; y la imposición de las manos, acompañada por la oración, como rito de investidura en el ministerio.

El hecho es que la nueva estructura ministerial, además de favorecer el crecimiento orgánico interno, le traerá un nuevo dinamismo misionero a la Iglesia naciente.


Salmo responsorial: Salmo 33 (32 en la liturgia)

Se trata de un himno a la Providencia divina. Comienza con un invitatorio, quizás pronunciado en otro tiempo por un sacerdote del Templo de Jerusalén. Él llama a la orquesta y a la asamblea para que “grite de júbilo por el Señor”.

Más que un cántico piadoso es una celebración apoteósica de la acción creadora de Dios. Dios confía su creación a los hombres. Cada día es una nueva maravilla de su poder y de su bondad. Cada día sube hacia Él un “cántico nuevo” (v.3ª). La alabanza se dirige a la Palabra creadora de Dios: “Pues recta es la Palabra de Yahvé” (v.4ª). Ella no es una palabra abstracta sino una palabra de la cual se puede medir su eficacia. Dios habla y eso sucede. El Salmo desarrolla las cualidades de Dios: es recto (“Ama la justicia y el derecho”, v.5ª), es fiel, es justo. Dios vela sobre el hombre y lo salva.

El Salmo nos debe llevar a todos los hombres, creados a imagen de Dios, a corresponder a esta imagen: ser recto, practicar el derecho y la justicia, poner toda la esperanza en el Señor.


Segunda lectura: 1 Pedro 2,4-9

Leemos una preciosa teología “pascual” de la Iglesia. Por su muerte y resurrección, Jesús se convierte en el centro y el fundamento de la Iglesia.

Vale la pena notar los elementos del texto: combina una profecía de Isaías (Isaías 28,16), un Salmo (118,22) y una frase del Éxodo (19,5-6): Por su repetición del término “piedra”, se podría llamar la parábola de las piedras: piedra viva, piedra preciosa, incomparable, piedra tallada, piedra angular indispensable para toda construcción.

La Iglesia, fundamentada en Cristo, crece en la medida en que los bautizados se unen a Él –la “piedra vivificante- en calidad de “piedras vivas”. Se construye así un nuevo “edificio espiritual”: la fuerza que lo construye es la fe. No debe sentir vergüenza quien se compromete con Él, con confianza y amor.

Quien cree, comparte la vida del Resucitado, participa en la construcción de un pueblo de sacerdotes y de reyes, recibe –con todos los creyentes- los títulos gloriosos con los cuales Dios había prometido honrar a su pueblo: “Linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (2,9ª = Éxodo 19,5-6). Lo que se quiere decir con este lenguaje de tipo cultual es que al interior de este pueblo sacerdotal, cada uno puede hacer de su vida una ofrenda santa porque Él está unido a la ofrenda de Jesús. De esta forma, con Cristo, ya se ha pasado de las tinieblas de la muerte a la admirable luz de la vida de Dios (2,9b).

El edificio que se menciona puede llamarse “espiritual” porque está construido y habitado por el Espíritu (2,5a). En la misma línea debe entenderse el calificativo “espirituales” (2,5b), puesto que los sacrificios que los cristianos están llamados a ofrecer representan la donación de la persona entera, concretización de un sacerdocio verdadero, siempre “por mediación de Jesucristo” (2,5c).

(J. S. – V. P. – F. O.)
Anexo 2
Algunas sugerencias para animadores de la liturgia

I
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, concentra nuestra atención en la vida de la Iglesia como lugar por excelencia de la presencia del Resucitado y de la acción del Espíritu Santo. Cada comunidad está llamada a mirarse más a fondo a sí misma, redescubriendo sus prioridades pastorales. Hay que poner atención a los posibles conflictos que puedan darse entre grupos; la relación entre la caridad, la Palabra y la vida litúrgica; la participación y la corresponsabilidad en los ministerios y en la comunión eclesial…

II
Podríamos tener en cuenta en la homilía de hoy las palabras del Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida realizada hace un año, cuando comentaba el lema de esta V Conferencia, el cual estaba tomado del Evangelio de hoy:
“¿Qué nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser discípulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la comunión con él la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en él. Pero, ¿es esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?”.

III
Para los lectores.
Primera lectura: La lectura supone dos voces: el narrador y los apóstoles. Debe prestarse atención a algunas palabras poco comunes. Antioquía, prosélito, helenistas, Prócoro…
Segunda lectura: Tiene expresiones y frases entre comillas que no cuentan para la lectura (estos signos no se transmiten oralmente). Leamos, entonces, como si no hubiera comillas.

Anexo 3
Para prolongar la meditación y la oración

La Verdad y Jesús (Jn 14,1-12)


“Entre más escucho a Jesús
en mi fe
y con mi razón,
más estoy con la Verdad
en relación,
pongo mis pasos en los suyos,
a fin de que mi existencia
crezca en amor,
a pesar de las insuficiencias”

(Franck Widro)

Anexo 4
Para concluir la Lectio Divina




El ejercicio de la Lectio Divina nos lleva a buscar a Dios y encontrarlo a través del escrutar los textos bíblicos y beber del manantial de vida que brota de ellos. Mente y corazón se aúnan en un mismo esfuerzo. Terminemos nuestro ejercicio de hoy, haciendo nuestra esta bella oración de San Agustín:

“He querido tener la inteligencia de lo que creo, Señor,
en cuanto he podido.
En cuanto me has dado fuerzas, te he buscado.
He querido tener la inteligencia de lo que creo.
He discutido mucho.

Señor, mi Dios, mi única esperanza,
escúchame,
no permitas que deje de buscarte.
Pon en mi corazón
un deseo más ardiente de buscarte.

Aquí estoy ante Ti con mi fuerza y mi debilidad.
Dale sostenimiento a lo primero y sáname en lo otro.
Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia,
allí donde me has cerrado, abre a aquel que toca.

Que yo me acuerde de Ti.
Que te comprenda.
Que te ame”.
Amén



Cuarto Domingo de Pascua

Estudio Bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Cuarto de Pascua – Mayo 15 de 2011

La dinámica del seguimiento del Buen Pastor Resucitado:
El discípulo escucha su voz, le sigue y vive en plenitud
Juan 10,1-10

“Nadie puede tener la esperanza
verdadera y cierta de vivir eternamente
si no reconoce la vida que es Cristo
y no entra por la puerta en el redil”
(San Agustín)

“Llama a las ovejas por su nombre y las va sacando...
Las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”



“Dios todopoderoso y eterno,
condúcenos a las alegrías celestiales,
para que tu débil rebaño
pueda llegar al reino
donde lo precedió su poderoso Pastor,
Jesucristo nuestro Señor. Amén”

(Oración Colecta de este Domingo)




Introducción

En la pedagogía bíblico-espiritual de la Iglesia, la alegoría del Buen Pastor se proclama el cuarto domingo de Pascua porque quiere ayudarnos a tomar conciencia de que Jesús es el Pastor que dio su propia vida para darnos vida y ahora está en medio de nosotros conduciéndonos en la historia como Señor Resucitado.

Cuando los primeros cristianos comenzaron a representar a Jesús, la imagen más frecuente fue la del Buen Pastor, que encontramos en las pinturas parietales de las catacumbas. Allí se muestra a Jesús como aquel que ha venido para ocuparse de la humanidad perdida, como el que se preocupa de todo hombre y quiere llevarlo de nuevo a Dios.

Esta bellísima imagen de Jesús “Buen Pastor” indica el cuidado incansable cómo él se la juega toda por nosotros y nos describe también el estilo de “Vida Nueva Pascual” que caracteriza a todo discípulo(a) de Jesús.

Y este estilo de vida, el de un amor incondicional y signado por la entrega de la Cruz, es la que debe caracterizar a todo discípulo de Jesús, particularmente a aquellos que –en nombre del Señor- guían las comunidades. Cómo no recordar aquí las palabras del Papa Benedicto XVI en su homilía en la solemne Eucaristía de inicio de su pontificado, el 24 de abril de hace ya tres años:

“Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor”.

Dispongámonos ahora para entrar en la lectio de Juan 10,1-10, ambientándonos primero con algunas líneas del contexto pastoril y luego observando las características del pastor  por excelencia, Jesús, y su relación con las ovejas. Tengamos presente que éste es un texto que habla a la Iglesia y a cada discípulo en particular. Para la Iglesia, es un “recorderis” de cómo los “pastores” deben parecerse a Jesús, motivados siempre por el amor y, como él también, haciéndose educadores de la libertad en el Espíritu Santo. A cada discípulo en particular le recuerda cuáles son los elementos distintivos que dinamizan el “seguimiento” del Señor.


1. Algunos puntos iniciales sobre el “Pastor”

1.1. “Pastor” indica relacionalidad

Para que entendamos la importancia que tiene en la Biblia el tema del Pastor, es bueno que refresquemos un poquito el contexto. 

Los beduinos del desierto nos dan hoy una idea de los era en otro tiempo la vida cotidiana en las tribus de Israel: en esta sociedad, la relación entre pastor y rebaño no es únicamente de tipo económico, basada en el interés, en el provecho que el pastor le pueda sacar a sus ovejas para subsistir él y su familia: sacarla la lana, beber su leche, hacer deliciosos asados con su carne, venderlas cuando necesita dinero, etc. En otras palabras no es una relación de “propiedad”.

En el mundo la Biblia, como sucede también hoy con los beduinos del desierto, entre el pastor y su rebaño se desarrolla una relación casi personal.  Día tras día se la pasan juntos en lugares solitarios mirándose el uno al otro, sin nadie más en el entorno.  El pastor termina conociendo todo sobre cada oveja y cada oveja reconoce y distingue, entre todas, la voz de su pastor, que habla con ella con frecuencia.

1.2. En la historia de la revelación aparece con frecuencia esta imagen

Precisamente porque la relación entre el Pastor y sus ovejas representaba una de las relaciones más estrechas que se podían observar en la cotidianidad de un israelita, se explica por qué Dios utiliza este símbolo para expresar su relación con su pueblo elegido y con toda la humanidad.  Uno de los Salmos más bellos del salterio describe la seguridad que un orante tiene de que Dios es su Pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (23,1).

Pero esto vale también para las relaciones humanas, de ahí que en la Biblia el título de pastor también se le de, por extensión, también a todos aquellos que imitan la premura, la dedicación de Dios por el bienestar de su pueblo.  Por eso a los reyes en los tiempos bíblicos se les llama pastores, igualmente a los sacerdotes y en general a todos los líderes del pueblo. 

En este orden de ideas, cuando los profetas Jeremías y Ezequiel se refieren a los líderes del pueblo, los llaman pastores, pero ya no para referirse a la imagen que deberían proyectar, de seguridad, de protección, sino a lo que realmente son: líderes irresponsables que llegan incluso hasta la delincuencia para sacar ventaja de su posición mediante la explotación y la opresión (es clara también la cita de Jeremías 23,1: “¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos!”).

Al lado de la imagen del buen pastor aparece entonces la del mal pastor o del mercenario.  En el profeta Ezequiel, en el capítulo 34, encontramos un juicio tremendo contra los malos pastores que se apacientan solamente a sí mismos, lo cual lleva a que Dios decida ocuparse personalmente  de su rebaño: “Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ezequiel 34,11).

1.3. La gran responsabilidad de un pastor: la vida de la oveja

El criterio para distinguir un buen y mal pastor era su sentido de la responsabilidad.  El Pastor en Palestina era totalmente responsable de las ovejas: si algo le pasaba a cualquiera de ellas, él tenía que demostrar que no había sido por culpa suya.

Observemos rápidamente algunas citas impresionantes:

Amós 3,12: “Como salva el pastor de la boca del león dos patas o la punta de una oreja, así se salvarán los hijos de Israel”. El pastor debe salvar todo lo que pueda de su oveja, ni que sean las patas o la punta de la oreja de su oveja.

Éxodo 22,9.13: “Si un hombre entrega a otro una oveja o cualquier otro animal para su custodia, y éstos mueren o sufren daño o son robados sin que nadie lo vea... tendrá que restituir”.   En este caso el pastor tendrá que jurar que no fue por culpa suya (v.10) y traer una prueba de que la oveja no había muerto por culpa suya y de que él no había podido evitarlo.

En fin, el pastor se la juega toda por sus ovejas, aún combatiendo tenazmente contra las fieras salvajes, haciendo gala de todo su vigor e incluso exponiendo su vida, como vemos que hizo David de manera heroica con las suyas: “Cuando tu siervo estaba guardando el rebaño de su padre y venía el león o el oso y se llevaba una oveja del rebaño, salía tras él, le golpeaba y se la arrancaba de sus fauces, y se revolvía contra mí, lo sujetaba por la quijada y lo golpeaba hasta matarlo” (1 Samuel 17,34-35).

1.5. La premura del Pastor: un amor que vivifica

Todo que vimos anteriormente es lo que Dios hace con los suyos. Los orantes bíblicos, como lo hace notar el Salmo 23, encontraban en la imagen de Dios-Pastor su verdadero rostro: su amor, su premura y su dedicación por ellos. En Dios encontraron su confianza para las pruebas de la vida. Ellos tenían en la mente y arraigada en el corazón esta convicción: "Sí, como un pastor bueno, Dios se la juega toda por mí”. 

Ellos tenían la certeza de que Dios siempre estaba cuidando de ellos y combatiendo por ellos. Así predicaba el profeta Isaías: “Como ruge el león y el cachorro sobre su presa, y cuando se convoca contra él a todos los pastores, de sus voces no se intimida, ni de su tumulto se apoca; tal será el descenso de Yahveh de los ejércitos para guerrear sobre el monte Sión y sobre su colina” (Isaías 31,4). 

Y en el texto de Ezequiel, que ya mencionamos, vemos que nada se le escapa al compromiso y al amor de Dios-Pastor: “Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma” (Ezequiel 34,16).


2. Lectura de Juan 10,1-10

Leamos ahora con mucho cuidado el texto de Juan 10,1-10:

En una ocasión dijo Jesús:
1“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
6Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
7Entonces Jesús les dijo de nuevo:
“En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
8Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
9Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.
10 El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

2.1. El contexto inmediato: la autosuficiencia de las autoridades y el ejemplo radiante de un seguir de Jesús

Para comprender mejor la parábola (o alegoría) del Buen Pastor, hay que tomar como punto de partida la parte final del relato del ciego nacimiento en Juan 9,39-41. De hecho, si observamos bien, no hay ninguna solución de continuidad entre Jn 9,41 y 10,1.

Los interlocutores de Jesús son los fariseos (9,40). Previamente Jesús, hablando de forma general, había dicho que había venido para un juicio a este mundo y que este juicio lleva a la visión a quien no ve y a quienes ven a la ceguera (9,39).

Estas palabras de Jesús son el mejor comentario del relato del ciego de nacimiento, en el cual se han notado dos actitudes: la del ciego curado, quien ha hecho un camino progresivo de apertura a la fe (ver las anotaciones para el 4to Domingo de Cuaresma pasado) y la también progresiva actitud de cerrazón ante Jesús por parte de las autoridades judías.

Dicho de otra manera, las autoridades religiosas judías creen conocer todo acerca de Dios y dictaminan sobre Jesús, en cambio el ciego curado cada vez vislumbra quién es él más en su búsqueda de fe. Esta es la “ceguera” y la “visión” de la que habla Jesús en Jn 9,39-41, esto es, la autosuficiencia que ciega ante la revelación del misterio -lo cual desencadena su propio juicio- y la apertura del creer:

El que cree en él, no es juzgado; / pero el que no cree, ya está juzgado, / porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios” (Juan 3,18)

Las palabras finales de Jesús, en 9,41, confirman lo anterior: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘vemos’, vuestro pecado permanece” (9,41). Es decir, si hubieran estado dispuestos a admitir la necesidad que tenían de luz (8,12) estarían aptos para dar el paso, pero puesto que creen sabérselas todas, no permiten la revelación de la luz que viene a través de Jesús:

“La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba…
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios”
(Juan 1,9-12)

2.2. Primera parte: La parábola sobre la entrada en el redil (Jn 10,1-6)

1En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús comienza indicando que va a decir algo de mucha importancia, para ello usa la fórmula solemne: “En verdad, en verdad os digo” (10,1ª).

Enseguida enuncia una parábola centrada en la descripción de la actividad del pastor. En ella se distinguen dos partes, cada una caracterizada por una contraposición:
(1) 10,1-3ª: Dos formas contrapuestas de acercarse a las ovejas.
(2) 10,3b-5: La relación entre el pastor y las ovejas y la contrapuesta actitud ante los extraños.

2.2.1. Dos formas contrapuestas de acercarse a las ovejas: la identidad del pastor (10,1-3ª)

1El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas,
sino que escala por otro lado,
ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta
es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero”

Notemos el énfasis en el verbo “ser”: “Ése es un ladrón y salteador” / “Es pastor de las ovejas”. De esta manera, la primera parte de la parábola señala –mediante contraposición- el criterio por el cual se descubre la identidad del “pastor de las ovejas”: “El que no entra por la puerta” / “El que entra por la puerta”.

Entonces, hay dos modos de entrar al rebaño que dependen de lo que se busque: cuidar del rebaño o, por el contrario, hacerle daño. Así queda establecida la diferencia entre el falso y el verdadero pastor de las ovejas.

(a) El falso pastor: “El que no entra por la puerta… escala por otro lado…

Quien busca hacer daño no da la cara, entra a escondidas valiéndose de un subterfugio (10,1), porque quien tiene segundas o malas intenciones no gusta de ser reconocido, como bien había explicado Jesús: “Todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras” (Jn 3,20).

A quien procede de esta manera se le dan los dos calificativos fuertes de “ladrón” y “salteador”, dos títulos que señalan rapacidad, deshonestidad y egoísmo. Ante todo priman sus propios intereses, el resto no le importa; su búsqueda de la oveja implica sometimiento, enajenación, aprovechamiento y, finalmente, muerte para ella.

(b) El verdadero pastor: “El que entra por la puerta… le abre el portero

El verdadero pastor da la cara al llegar a la puerta y dejarse convalidar por nuevo personaje en la parábola, el portero, quien dictamina sí es o no es pastor. Obviamente, cuando lo reconoce, éste no duda en dejar entrar al pastor. También había dicho Jesús: “El obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).

Y no sólo le abre el portero sino que “las ovejas escuchan su voz”, se entabla una relación estrecha y vivificante entre ellos, como vemos a continuación.

2.2.2. La relación entre el pastor y las ovejas y la contrapuesta actitud ante los extraños (Jn 10,3b-5)

3…Y las ovejas escuchan su voz;
y a sus ovejas las llama una por una
y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas,
va delante de ellas,
y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño,
sino que huirán de él,
porque no conocen la voz de los extraños”.

Una vez que se ha identificado al verdadero pastor, vemos cómo se entabla la relación de éste con sus ovejas. Podríamos decir también que esta segunda parte de la parábola igualmente se describe a la verdadera oveja con la contraposición: “Conocen su voz (del pastor)” / “No conocen la voz de los extraños”. La primera frase lo afirma claramente: “Las ovejas escuchan su voz”, o sea, no dudan en atender la voz de quien los guía y, en consecuencia, “le siguen” con docilidad. ¡Una excelente caracterización del discípulo del Señor!

Toda esta sección podría englobarse bajo el título “Las ovejas escuchan su voz”. Por cierto, más adelante, en el relato de la pasión, Jesús dirá: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37).  

Y, ¿cómo sucede esto?

(a) El seguimiento del pastor: ser “llamado… sacado… precedido” (10,3b-4)

Se distinguen dos momentos: cuando la oveja es sacada del redil y cuando es conducida por las praderas. En ambas ocasiones la “voz” del pastor juega un papel fundamental.

El verbo “sacar” está repetido, es una acción importante. El término es conocido en el vocabulario del éxodo: “sacar fuera” es un acto de libertad; al respecto, algunos comentaristas han notado que nunca se habla de un traer de vuelta al viejo redil.

Pues bien, el “sacar” se realiza mediante un llamado: “a sus ovejas las llama una por una” (lit: “por su nombre”). Cada oveja sabe su propio nombre y responde enseguida a la voz del que la llama “por su nombre”. El “nombre” señala la identidad de una persona, lo que la distingue y hace única, también su historia y sus características personales. La oveja es conocida así. Tenemos aquí una sobria pero elocuente descripción de la relación personal que el pastor entabla con cada oveja: él se interesa por ella llamándola desde la hondura de su identidad personal y ella, por su parte, reconoce su voz y le responde poniéndose en camino hacia él y junto con él.

Comienza, entonces, la segunda etapa: “va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (10,4). Una vez que han sido llamadas por su nombre, sacadas del redil y congregadas, las ovejas son encaminadas hacia los lugares de pastaje. La relación llamada/respuesta ahora progresa hacia la relación precedencia/seguimiento: el pastor camina delante de ellas, y éstas –ciertamente con gran alegría- siguen a aquel cuya voz les es familiar.

El discipulado se describe claramente con el “ir delante” del Pastor/Maestro y el “seguir” de la Oveja/discípulo. El contenido del seguimiento de Jesús está presentado a lo largo de todo este evangelio, de punta a punta (si bien el término “seguir” es apenas uno de los términos usados por Juan para describir el seguimiento de Jesús, vale la pena observar: 1,37-38.40.43; 6,2; 10,27; 13,36-37; 18,15; 21,19.22). Pero aquí lo el evangelista nos invita a observar atentamente es qué es lo que dinamiza el seguimiento: “le siguen porque conocen su voz”. Sin el conocimiento de la voz de aquel que es la Palabra de Vida (1,4) no es posible el seguimiento de Jesús.

(b) La fuga ante los extraños (10,5)

La parábola termina señalando que las ovejas no sólo “siguen” a Jesús sino que “no seguirán a un extraño” (10,5a). Y el argumento es el mismo: “porque no conocen la voz de los extraños” (10,5c). Es la antítesis del versículo anterior.

No sólo se afirma que no seguirán a los extraños sino que “huirán” de ellos aterradas (10,5b). Una cosa es la indiferencia frente al extraño y otra es la fuga. Esta última actitud puede ser leída en dos planos:

  • Teniendo en cuenta que no se reconoce la voz de los extraños, se puede entender como capacidad discernimiento por parte del discípulo del Señor: el discípulo aprende a distinguir lo que proviene y lo que no del Señor.
  • Teniendo en cuenta la connotación del término fuga, como carrera en vía contraria, se puede entender como un apartarse decididamente o, mejor aún, como toma de decisión radical y profética frente a todo aquello que no va de acuerdo con el camino de vida.

Hay que tener presente que gracias a la familiarización con la voz de Jesús es que es posible detectar las voces seductoras que proponen caminos de muerte: ¡la escucha del Señor es la escuela de los auténticos profetas!

2.3. Interludio: la incomprensión del auditorio (10,6)

6Jesús les dijo esta parábola,
pero ellos no comprendieron lo que les hablaba”

El relato de la parábola parece darse por concluido (el P.Alonso-Schökel hablaría más bien de la “primera variación” de la parábola). En realidad se trata de una pausa en la que el reflector se proyecta sobre el auditorio.

La comparación propuesta en Jn 10,1-5 es llamada aquí con término griego “Paroimía”, el cual puede significar en primer lugar: proverbio o acertijo; aunque según la terminología adoptada para los otros evangelios, bien cabe el término “parábola”. No entramos aquí en consideraciones sobre el género literario “parábola”, más bien llamamos la atención –como es evidente- sobre el hecho de que se trata de una enseñanza que requiere ejercicio de “conocimiento” (como aparece literalmente en griego): “Pero ellos no conocieron (o reconocieron) lo que les hablaba” (10,6b).

Situándonos sobre este plano del “conocimiento” el evangelista nos invita a una correlación entre la actitud de las autoridades religiosas judías, quienes son los interlocutores de Jesús (Jn 9,39-41), y los comportamientos descritos en la parábola (Jn 10,1-5).

En pocas palabras: las ovejas oyen la voz del pastor (v.3b-4), pero los fariseos no oyen su voz, no reconocen lo que les está diciendo. De esta manera el v.6 parece estar identificando a los fariseos (ver Jn 9,40) con los “ladrones y salteadores” de Jn 10,1.

Esto se hace más evidente si observamos el comportamiento de Jesús, y al mismo tiempo el de las autoridades religiosas, en el relato del ciego de nacimiento: (1) Jesús se ha ocupado de la oveja, la ha curado (ver Jn 9,6-7) y luego la ha buscado (9,36); (2) los fariseos, por su parte, la han rechazado (9,34). En cuanto el ciego curado parecía cada vez más seducido por Jesús, los fariseos se mostraban más hostiles. El punto es claro cuando llegan a decirle al ciego curado: “Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés” (9,28).

Esta actitud de los adversarios de Jesús frente a su revelación y a su consecuente seguimiento, se devuelve como un boomerang hacia ellos: se han convertido en los “extraños” a los cuales no hay que reconocer.

Vale la pena traer a colación aquí el excelente comentario de la biblista Pheme Perkins, quien anota sobre Jn 10,6: “Para el lector que acaba de ser informado de la ceguera de los fariseos, resulta evidente que el autor le está aconsejando que no preste atención a las enseñanzas de los fariseos” (NCBSJ).

2.4. Aplicación: una clara y directa auto-presentación de Jesús

Después de la parábola dirigida a los fariseos “ciegos” que habían expulsado al ciego curado por Jesús, comienza la segunda parte del texto seleccionado para hoy, en la cual Jesús se compara a sí mismo con la puerta: en contraposición con los otros que son ladrones y salteadores, él conduce a la vida.

Esta segunda parte del pasaje comienza llamando la atención del lector con una fórmula solemne similar a del comienzo de la parábola: “En verdad, en verdad os digo” (10,7ª; ver 10,1ª; se traduce: “les aseguro que…”).

Enseguida, y sin más preámbulos, Jesús se revela como el “Yo soy”. Se afirma así la identidad trascendente de Jesús, ya que el “Yo soy” es una alusión al nombre de Yahvéh en Éxodo 3,14. De ahí su importancia absoluta y determinante para la salvación:

-       Yo soy la puerta de las ovejas… Si uno entra por mí estará salvo” (10,7b.9ab).
-       Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10).

Una importante revelación de Jesús (que sólo será completa con la lectura de Jn 10,11-18) está enmarcada entre estas dos afirmaciones.

Si observamos con cuidado el texto notaremos que en los vv.7-9 predomina el verbo “ser” (“yo soy”, v.7; ellos “son”, v.8; “yo soy”, v.9) y en el v.10 el verbo “venir” (“el ladrón no viene más que a…”, v.10ª; “Yo venido para…”, v.10b). Así como en la parábola de Jn 10,1-5, se distinguen también aquí dos partes en la que se juegan contraposiciones.

2.4.1. “Yo soy la puerta…” (Jn 10,7-9)

“En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
8Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
9Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.

La imagen de la puerta había aparecido antes en Jn 10,1-2, allí era el lugar de entrada correcto para acceder al redil. Ahora se da un paso adelante: Jesús es esta puerta. Un antecedente bíblico puede ser el Salmo 118, el cual quizás fue interpretado como profecía mesiánica –siempre bajo la luz de la Pascua- en el cristianismo de los orígenes, particularmente el v.20: “Aquí está la puerta de Yahveh, por ella entran los justos”.

Esto quiere decir que solamente a través de Jesús se puede tener el acceso adecuado a las ovejas y que por medio de él las ovejas pueden salir hacia los espacios amplios de la vida representados en las verdes praderas, como se describe en Jn 10,9.

Los que vinieron antes de Jesús son calificados de “ladrones y salteadores”. Los que antes de Jesús han conducido al pueblo de Dios, específicamente estos dirigentes que tiene ante sus ojos y que lo rechazan a él así como a quienes comienzan a aceptar su revelación (por ejemplo, el ciego de nacimiento), ya no son reconocidos como sus dirigentes: “las ovejas no les escucharon”. Y puesto que no han entrado por la puerta, no tienen ningún derecho sobre las ovejas.

Detrás del calificativo de “ladrones y salteadores” se dejan sentir la gravedad de la irresponsabilidad del líder religioso frente a su comunidad, como dice D. Moloney, se han convertido en “proveedores de una esperanza mesiánica para su propio beneficio”. Pero las ovejas ya han comenzado a no prestarles atención (ver Jn 9,24-33) y a seguir a Jesús (ver Jn 9,38).

¿Qué está sucediendo ahora con Jesús? El v.9 retoma el v.7 para explicarlo: Jesús es el mediador (=“por medio de mi”, v.9b; es el sentido de una puerta) que va a proveer a las ovejas con todo lo que necesitan para vivir y con quien el redil se encuentra protegido y seguro. Es decir, que quien “entra” se salva por medio de él y quien “sale” encuentra un ámbito de vida.

Jesús es la mediación de la vida. Y todo esto gracias a la voz que es escuchada y seguida: “Todo se hizo por medio de ella (la Palabra)… En ella (la Palabra) estaba la vida / y la vida era la luz de los hombres… La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1,3.4.17).

El “entrar” y “salir” connota también la libertad de la que se habló en la parábola, en Jn 10,3b-4 (verbo “sacar”). La puerta permanece grande y abierta, las ovejas van y vienen, no son aprisionadas sino que se las hace salir y son siempre conducidas por aquel a quien escuchan. Entre libertad y vida se establece una estrecha relación.

Y el don de Dios se da con toda magnanimidad. Valga recordar que la imagen del “encontrará pastos” (v.9d) parece retomar la promesa de Dios en Ezequiel 34,14 que se había convertido en anhelo del Pueblo de Dios: “Las apacentará en buenos pastos, /y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. /Allí reposarán en buena majada; /y pacerán pingües pastos por los montes de Israel”.

Es al servicio de esto que debían ponerse todos los pastores de Israel. Y es aquí donde la manera de realizar la misión en función del pueblo se pone en cuestión.

2.4.2. “Yo he venido para…” (Jn 10,10)

Lo que Jesús “es” se realiza en la misión para la cual ha “venido”. Las frases contrapuestas “El ladrón no viene más que a…” / “Yo he venido para…” ponen ante nuestros ojos –en forma comparativa- dos maneras de presentarse ante las ovejas.

Los verbos “robar”, “matar” y “destruir” aplicados al ladrón, señalan que no hay nada vivificante en ellos. Correlacionemos con el v.8: los que habían venido antes de Jesús y se presentaban ante el pueblo como sus servidores no le ofrecían la vida que necesitaban sino que se valían de él para mantenerse en su posición de privilegio. Los fariseos y dirigentes del pueblo quedan definitivamente descalificados como pastores.

Los tres verbos de negación de vida de la oveja que tiene como sujeto al ladrón, se contraponen a uno solo que tiene como sujeto a Jesús: “Dar Vida”. Ahora se dice de forma explícita: “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10). Y no sólo un poquito sino en abundancia.

Esta será la pretensión inaudita de Jesús, la que será motivo de confrontación cada vez más fuerte con sus adversarios, la que le llevará finalmente hasta la muerte en la cruz, en la cual –paradójicamente- efundirá esa vida abundante sobre la humanidad entera, dando vida con su propia vida.

3. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

“Los fariseos dijeron que no eran ciegos; pero, para ver, tenían que convertirse en ovejas de Cristo. Y como pretendían tener la luz ellos se enfurecían contra el Día.
Fue precisamente para responder a su vana, soberbia e incurable arrogancia, que el Señor pronunció palabras que son para nosotros, si bien las consideramos una advertencia saludable.

En verdad, hay muchos que, según un cierto ideal de vida, pasan por hombres de bien y honestos, por mujeres virtuosas e irreprensibles; son observantes de todo lo que la ley prescribe: respetan a sus padres, no son adúlteros, no matan, no roban, no dan falso testimonio contra nadie y parece que observan todos los otros preceptos; todavía no son cristianos. Y hasta llegan frecuentemente a vanagloriarse como los fariseos: ‘¿Por ventura también nosotros somos ciegos?’ (Juan 9,40).
Teniendo en cuenta, con todo, que todas esas cosas no tienen valor, ya que ellos las realizan sin referencia al fin último, en la lectura de hoy el Señor presenta una parábola que se refiere al rebaño y a la puerta por donde entra en el redil. Los paganos tiene pues bellos discursos: ¡Nosotros vivimos honestamente! Pero, si no entran por la puerta, ¿de qué les sirve aquello de que se glorían? El vivir honesto debe garantizar la posibilidad de vivir siempre; pero si no sirve para vivir siempre, ¿entonces para qué sirve? Ni se puede decir que viven honestamente aquellos que por ceguera ignoran o por orgullo desprecian la finalidad del vivir honestamente. Y nadie puede tener la esperanza verdadera y cierta de vivir eternamente si no reconoce la vida que es Cristo y no entra por la puerta en el redil”
(San Agustín, “In Ioan.” Tr. 45,2-3)

4. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón
4.1 ¿Qué pastores se han hecho cargo de mí? ¿Por qué les debo gratitud?
4.2 ¿Qué caracteriza los cuidados que Jesús ofrece como “Buen Pastor”?
4.3. ¿Intento ordenarle a Jesús qué es lo que debe darme? ¿Me dejo guiar por Él?
4.4. ¿Qué quiere decir la frase “Yo soy la Puerta”?
4.5. ¿Cuáles son las lecciones del Evangelio de hoy para mi vida como responsable de una comunidad o de una familia?

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM


Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del Domingo

Sumario: Los libros de la primera alianza presentan a Dios como un buen pastor. “El Señor es mi Pastor, nada me falta”, canta el Salmo 23. En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta, por su parte, como el Buen Pastor que vino al mundo para que todos tengamos vida y vida en abundancia. Esta imagen es retomada en la carta de Pedro: “Ustedes andaban errantes como las ovejas, pero en el presente han regresado al pastor que vela sobre ustedes”.  En el discurso de Pentecostés, Pedro presenta la nueva figura de Jesús crucificado:”Dios lo constituyó Señor y Cristo”.

Primera lectura: Hechos 2, 14ª.36-41

Al final del discurso del día de Pentecostés, Pedro subraya dos puntos: (1) que ellos, sus oyentes, tienen que ver con la crucifixión de Jesús y (2) que Dios resucitó a Jesús.

Pedro no quiere aplastar a su auditorio bajo el peso del remordimiento, sino poner en evidencia la obra realizada por Dios: aquél a quien crucificaron fue constituido “Señor y Cristo”. Dos títulos reales atribuidos al Jesús. El título “Señor” tiene una connotación divina: en el Antiguo Testamento se utiliza para referirse al Dios de Israel (traduce el nombre de Yahvé). El título “Cristo” afirma el mesianismo de Jesús, ahora plenamente realizado por su muerte y resurrección.

La afirmación del Señorío de Cristo es dicha con tal fuerza y convicción que los oyentes se sienten conmovidos. Ellos comprenden que la adhesión a la nueva fe supone un cambio en sus vidas. Creer en Jesús Señor sin que esto cambie algo en el comportamiento del creyente no tiene ningún sentido. Pedro pide a sus oyentes que le den un giro a sus vidas (este es el sentido etimológico de “convertirse”). Dar un giro (como si fuera media vuelta) sobre el camino del mal para ponerse de cara a Dios. Es así como se obtiene el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, pero igualmente el Espíritu Santo, el don supremo que hace participar al creyente en la misma vida de Dios.

La fe en Cristo Señor no lleva necesariamente a romper con la fe de Israel sino a meditar las lecciones de la Escritura. El término “gente perversa” describe el comportamiento de los hebreos cuando atravesaban el desierto guiados por Moisés: ellos se le rebelaron a Moisés. El Salmo 78,8: “generación rebelde y revoltosa, generación de corazón voluble y de espíritu desleal a Dios”. Pedro invita a no repetir este comportamiento sino a poner la confianza en Dios.

La predicación de Pedro tiene éxito: mucha gente adhiere al Señor Jesús mediante el bautismo, una vez que le preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”.

Salmo responsorial: Salmo 23

 Este Salmo es uno de los más célebres del salterio. Las tres primeras estrofas (vv.1-4) desarrollan la idea de un viaje guiado por la imagen de un Dios pastor de su pueblo. Esta imagen se aplica bien al Dios del éxodo, quien libera a su pueblo y lo conduce a través del desierto hasta una tierra que mana leche y miel. Tiene en cuenta en el camino todo lo que puede nutrir a su pueblo.

En una relectura cristiana, este Salmo puede prestarse para una lectura más personal. Dios conduce a su fiel sobre los senderos de la vida, le indica el camino justo y, más allá de los límites de la muerte, lo conduce en los verdes prados de la bienaventuranza eterna.

Las dos últimas estrofas (vv.5-6) se apoyan en otra imagen: la del anfitrión que acoge a su invitado con los brazos abiertos. Según los ritos orientales, le ofrece exuberantemente perfume y vino. En su mesa, lo invita a sentarse con seguridad, sus enemigos no podrán contra él.

En la última estrofa, el lugar de acogida es preciso: el Templo. Allí el salmista desea terminar sus días. Con sus dos compañeras, “bondad” y “misericordia”, el orante consigue llegar a la presencia de Dios, donde no falta nada, donde alcanza la realización de todas sus búsquedas.

En este domingo del Buen Pastor, aplicamos también este Salmo a Jesús, quien nos lleva por los caminos de la vida. Con Él, la bondad y la misericordia nos acompañan todos los días. Las fauces de la muerte no nos podrán engullir. Jesús nos conducirá hasta la casa del Padre, allí donde una copa desbordante nos espera.


Segunda lectura: 1 Pedro 2,20b-25

Pedro se dirige a una comunidad perseguida. No les hace una apología del sufrimiento, más bien muestra su valor para aquellas personas que se sienten escandalizadas por esto.

Como idea central del pasaje, Pedro propone vivir el sufrimiento a la manera de Jesús: no hay que responder mal por mal, no se trata de aniquilar al adversario. En Cristo nada es “contra” nosotros sino que todo es “por nosotros”; el corazón purificado de toda venganza se llena de confianza en el Dios en quien apoya su vida. Esto es posible porque el Padre siempre ha hecho triunfar su misericordia y su salvación, que son los dos aspectos de la “justicia”.

Observemos de cerca el texto: en los versículos 21-25 encontramos un himno cristiano antiguo en el que, después de una introducción (v.21), se hace una relectura del Isaías 53, aplicándole a Jesús la profecía del Siervo de Yahvé.

La razón por la cual se escoge esta lectura para hoy está en la última frase: “Andaban extraviados como ovejas, pero ahora volvieron al pastor y guardián de su vida” (v.25). Estas “ovejas”, que en otro tiempo estaban desgarradas (se refiere a los destinatarios de la carta: los oyentes de esta “homilía pascual”), ahora son el rebaño de Jesús , quien es el pastor y el guardián (literalmente en griego: “obispo” o “supervisor”).

(J.S. – F.O.)
Anexo 2
Una base para homilía

El Pastor de los pastores


Después de habernos presentado durante tres domingos la resurrección del Señor, a través de los relatos de sus manifestaciones a los discípulos, la liturgia de hoy nos invita a contemplarlo viviente en calidad de pastor de la Iglesia, ‘Pastor de los pastores de las ovejas’ (Hebreos 13,20), que le indica al rebaño y a los pastores el camino a seguir.

Estamos en Jerusalén, y Jesús acaba de curar a un ciego, un día sábado, suscitando la indignación de los fariseos. Para revelar la autoridad que lo capacita para actuar de esta manera, Jesús pronuncia su discurso sobre el ‘Buen Pastor’. Israel conocía la vida de los pastores: por eso había llegado a dirigirse a Dios como ‘Pastor de Israel’ (Salmo 80,1), capaz de conducir a quien confía en él ‘sobre el sendero justo, por prados de hierba fresca y hacia aguas tranquilas’ (Salmo 23,1-3).

Para llevar a cabo su obra, Dios se sirvió también de pastores humanos, quienes debían ser mediadores de su amor, pero a que a veces terminaban ‘haciendo perecer y dispersar al rebaño’ (Jeremías 23,1).

La fórmula solemne, ‘en verdad, en verdad les digo’, con la cual Jesús abre su revelación, es una invitación para nuestras mentes y nuestros corazones. La primera parte de su discurso está centrada en la contraposición entre el verdadero pastor y quien, aún haciéndose llamar como tal, se comporta como un ladrón y mercenario. El pastor entra en el recinto de las ovejas a través de la única entrada legítima, la puerta, mientras que el ladrón entra furtivamente, por otro lado.

Todo lo que sigue es consecuencia: el portero guardián -es decir, el Padre- le abre al pastor, el cual llama una por una las ovejas, las conduce fuera y camina delante de ellas. Ellas, en respuesta, lo siguen porque escuchan y conocen su voz.

De esta manera aparece descrita nuestra relación con Jesús, el único pastor verdadero de nuestras vidas: una relación hecha de escucha, conocimiento y seguimiento confiado, imposible de instaurar con otra imagen: ‘En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas… Si uno entra a través de mí, será salvado; entrará y saldrá y encontrará pastos’. Las dos imágenes. la del pastor y la de la puerta, se yuxtaponen: Jesús es ‘el buen pastor que ofrece la vida por las ovejas’ (Jn 10,11) y es el camino que conduce hacia el Padre, el camino convertido en puerta para nosotros. Él es al mismo tiempo el mediador de la salvación y la salvación misma: el estilo con el cual vivió su existencia se ha convertido en el camino sobre el cual somos llamados para caminar nosotros los discípulos, si es queremos ver salvada nuestra vida.

Al contrario, dice Jesús, ‘todos los que han venido antes de mí son ladrones y salteadores, pero las ovejas no los han escuchado’. Aquí Jesús no se refiere a los personajes de la primera alianza. De hecho, a través de él han pasado los pastores y los profetas fieles e Israel, desde Abraham hasta Juan Bautista, pero otros han venido con pretensiones injustificadas: los falsos mesías y profetas que buscaban su propia gloria. Los falsos pastores que fueron criticados duramente por Jeremías y Ezequiel.

Pero la mirada de Jesús está puesta ante todo en los pastores de su Iglesia: ‘El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir, yo he venido para tengan vida’. Aquellos que en la Iglesia ejercen el servicio de guiar la grey son advertidos: la alternativa es entre ser los pastores que se ocupan de las ovejas con amor y les dan la vida en abundancia, o ser ladrones y bandidos que se preocupan de apacentarse a sí mismos. Y el modelo que se pone ante sus ojos es uno solo: Jesús, ‘el Pastor de los pastores’ (1 Pedro 5,4), quien ‘sintió compasión cuando vio a las multitudes, porque andaban como ovejas sin pastor’ (Mc 6,34).

(Enzo Bianchi, Comunidad de Bose)



Anexo 3
Pistas para los animadores de la liturgia


I
La figura de Cristo, considerado en su relación con cada creyente y con la Iglesia toda, domina toda la liturgia de este domingo. Jesús es la Puerta. Las puertas de nuestros templos nos recuerdan esta verdad. Pero, entre todas, la principal  debe ser para todos los fieles un llamado a entrar por Cristo, “Puerta” que nos conduce con seguridad al redil acogedor del Padre, para saborear la abundancia del alegre festín de la salvación.

II
Jesús “llama a las ovejas por su nombre”, dándole a cada uno una “vocación” singular. Por eso este día se celebra la Jornada Mundial de las Vocaciones, sobre todo aquellas para una consagración especial: no se trata únicamente del llamado para ministerio sacerdotal sino también de todas las vocaciones que el Pastor suscita para seguirlo con radicalidad. Leamos personalmente y en comunidad el Mensaje que nos ha dirigido este año el Papa Benedicto XVI con motivo de esta Jornada: “Las vocaciones al servicio de la Iglesia-Misión”

III
La celebración litúrgica de la misa dominical no dejará ciertamente de dar expresión a la solicitud de Cristo y de la Iglesia por las vocaciones. Sobre todo la homilía, más que una disertación sobre el tema, debe celebrar a Cristo: es Él quien llama y es Él el modelo. Hay que valorar también la oración de los fieles, en un vaivén fecundo entre la Palabra proclamada y las necesidades sentidas del Pueblo de Dios.

IV
Para los lectores.

Primera lectura: El texto tiene una variedad de voces y de tonos: el narrador, el discurso de Pedro, el diálogo de los oyentes con los apóstoles. El lector sabrá, sin exceso de teatralidad, modular su voz. Atención con algunas palabras: “crucificaron”, “traspasaron”, “los seguía urgiendo” (persuadía), etc.

Segunda lectura: Atención con la división del texto: Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro///// Queridos hermanos/// …paciencia/ …hacer el bien// (seguir distinguiendo las pausas hasta el final, no es un texto fácil).

(V.P. – F.O.)
Anexo 4
Oremos por las Vocaciones

Este domingo le pedimos al Señor “pastores” para su Iglesia. Pero no sólo un gran número sino sobre todo pastores de calidad, personas que lleven en su corazón lo que Jesús tenía en el suyo: más amigos que maestros, más acompañantes que vigilantes, más educadores de la libertad que normativos, sobre todo personas respetuosas, afectuosas, que  enseñan más por lo que son que por lo que dicen. En otras palabras, vocaciones santas.

“Señor Jesucristo, Buen Pastor (Jn 10,1ss)…


que dijiste ‘Rogad al Dueño de la mies,
que mande obreros a su mies’ (Lc 10,2),
te pedimos suplicantes,
por intercesión de la bienaventurada Virgen María, tu Madre,
y con todos los santos sacerdotes,
que envíes a tu viña obreros fieles,
que hagas a todos los sacerdotes dignos ministros
de los sagrados altares (Hb 8,2),
y concede a tu Iglesia muchos otros sacerdotes
y pastores según tu Corazón (Jr 3,15),
para que contigo y con ellos merezcamos ofrecer al eterno Padre
la hostia de la alabanza eterna (Sal 115,17; Ef 5,2; Hb 13,15).
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén”.

(San Juan Eudes)