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martes, 26 de abril de 2011

Cuarto Domingo de Pascua

Estudio Bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Cuarto de Pascua – Mayo 15 de 2011

La dinámica del seguimiento del Buen Pastor Resucitado:
El discípulo escucha su voz, le sigue y vive en plenitud
Juan 10,1-10

“Nadie puede tener la esperanza
verdadera y cierta de vivir eternamente
si no reconoce la vida que es Cristo
y no entra por la puerta en el redil”
(San Agustín)

“Llama a las ovejas por su nombre y las va sacando...
Las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”



“Dios todopoderoso y eterno,
condúcenos a las alegrías celestiales,
para que tu débil rebaño
pueda llegar al reino
donde lo precedió su poderoso Pastor,
Jesucristo nuestro Señor. Amén”

(Oración Colecta de este Domingo)




Introducción

En la pedagogía bíblico-espiritual de la Iglesia, la alegoría del Buen Pastor se proclama el cuarto domingo de Pascua porque quiere ayudarnos a tomar conciencia de que Jesús es el Pastor que dio su propia vida para darnos vida y ahora está en medio de nosotros conduciéndonos en la historia como Señor Resucitado.

Cuando los primeros cristianos comenzaron a representar a Jesús, la imagen más frecuente fue la del Buen Pastor, que encontramos en las pinturas parietales de las catacumbas. Allí se muestra a Jesús como aquel que ha venido para ocuparse de la humanidad perdida, como el que se preocupa de todo hombre y quiere llevarlo de nuevo a Dios.

Esta bellísima imagen de Jesús “Buen Pastor” indica el cuidado incansable cómo él se la juega toda por nosotros y nos describe también el estilo de “Vida Nueva Pascual” que caracteriza a todo discípulo(a) de Jesús.

Y este estilo de vida, el de un amor incondicional y signado por la entrega de la Cruz, es la que debe caracterizar a todo discípulo de Jesús, particularmente a aquellos que –en nombre del Señor- guían las comunidades. Cómo no recordar aquí las palabras del Papa Benedicto XVI en su homilía en la solemne Eucaristía de inicio de su pontificado, el 24 de abril de hace ya tres años:

“Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor”.

Dispongámonos ahora para entrar en la lectio de Juan 10,1-10, ambientándonos primero con algunas líneas del contexto pastoril y luego observando las características del pastor  por excelencia, Jesús, y su relación con las ovejas. Tengamos presente que éste es un texto que habla a la Iglesia y a cada discípulo en particular. Para la Iglesia, es un “recorderis” de cómo los “pastores” deben parecerse a Jesús, motivados siempre por el amor y, como él también, haciéndose educadores de la libertad en el Espíritu Santo. A cada discípulo en particular le recuerda cuáles son los elementos distintivos que dinamizan el “seguimiento” del Señor.


1. Algunos puntos iniciales sobre el “Pastor”

1.1. “Pastor” indica relacionalidad

Para que entendamos la importancia que tiene en la Biblia el tema del Pastor, es bueno que refresquemos un poquito el contexto. 

Los beduinos del desierto nos dan hoy una idea de los era en otro tiempo la vida cotidiana en las tribus de Israel: en esta sociedad, la relación entre pastor y rebaño no es únicamente de tipo económico, basada en el interés, en el provecho que el pastor le pueda sacar a sus ovejas para subsistir él y su familia: sacarla la lana, beber su leche, hacer deliciosos asados con su carne, venderlas cuando necesita dinero, etc. En otras palabras no es una relación de “propiedad”.

En el mundo la Biblia, como sucede también hoy con los beduinos del desierto, entre el pastor y su rebaño se desarrolla una relación casi personal.  Día tras día se la pasan juntos en lugares solitarios mirándose el uno al otro, sin nadie más en el entorno.  El pastor termina conociendo todo sobre cada oveja y cada oveja reconoce y distingue, entre todas, la voz de su pastor, que habla con ella con frecuencia.

1.2. En la historia de la revelación aparece con frecuencia esta imagen

Precisamente porque la relación entre el Pastor y sus ovejas representaba una de las relaciones más estrechas que se podían observar en la cotidianidad de un israelita, se explica por qué Dios utiliza este símbolo para expresar su relación con su pueblo elegido y con toda la humanidad.  Uno de los Salmos más bellos del salterio describe la seguridad que un orante tiene de que Dios es su Pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (23,1).

Pero esto vale también para las relaciones humanas, de ahí que en la Biblia el título de pastor también se le de, por extensión, también a todos aquellos que imitan la premura, la dedicación de Dios por el bienestar de su pueblo.  Por eso a los reyes en los tiempos bíblicos se les llama pastores, igualmente a los sacerdotes y en general a todos los líderes del pueblo. 

En este orden de ideas, cuando los profetas Jeremías y Ezequiel se refieren a los líderes del pueblo, los llaman pastores, pero ya no para referirse a la imagen que deberían proyectar, de seguridad, de protección, sino a lo que realmente son: líderes irresponsables que llegan incluso hasta la delincuencia para sacar ventaja de su posición mediante la explotación y la opresión (es clara también la cita de Jeremías 23,1: “¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos!”).

Al lado de la imagen del buen pastor aparece entonces la del mal pastor o del mercenario.  En el profeta Ezequiel, en el capítulo 34, encontramos un juicio tremendo contra los malos pastores que se apacientan solamente a sí mismos, lo cual lleva a que Dios decida ocuparse personalmente  de su rebaño: “Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ezequiel 34,11).

1.3. La gran responsabilidad de un pastor: la vida de la oveja

El criterio para distinguir un buen y mal pastor era su sentido de la responsabilidad.  El Pastor en Palestina era totalmente responsable de las ovejas: si algo le pasaba a cualquiera de ellas, él tenía que demostrar que no había sido por culpa suya.

Observemos rápidamente algunas citas impresionantes:

Amós 3,12: “Como salva el pastor de la boca del león dos patas o la punta de una oreja, así se salvarán los hijos de Israel”. El pastor debe salvar todo lo que pueda de su oveja, ni que sean las patas o la punta de la oreja de su oveja.

Éxodo 22,9.13: “Si un hombre entrega a otro una oveja o cualquier otro animal para su custodia, y éstos mueren o sufren daño o son robados sin que nadie lo vea... tendrá que restituir”.   En este caso el pastor tendrá que jurar que no fue por culpa suya (v.10) y traer una prueba de que la oveja no había muerto por culpa suya y de que él no había podido evitarlo.

En fin, el pastor se la juega toda por sus ovejas, aún combatiendo tenazmente contra las fieras salvajes, haciendo gala de todo su vigor e incluso exponiendo su vida, como vemos que hizo David de manera heroica con las suyas: “Cuando tu siervo estaba guardando el rebaño de su padre y venía el león o el oso y se llevaba una oveja del rebaño, salía tras él, le golpeaba y se la arrancaba de sus fauces, y se revolvía contra mí, lo sujetaba por la quijada y lo golpeaba hasta matarlo” (1 Samuel 17,34-35).

1.5. La premura del Pastor: un amor que vivifica

Todo que vimos anteriormente es lo que Dios hace con los suyos. Los orantes bíblicos, como lo hace notar el Salmo 23, encontraban en la imagen de Dios-Pastor su verdadero rostro: su amor, su premura y su dedicación por ellos. En Dios encontraron su confianza para las pruebas de la vida. Ellos tenían en la mente y arraigada en el corazón esta convicción: "Sí, como un pastor bueno, Dios se la juega toda por mí”. 

Ellos tenían la certeza de que Dios siempre estaba cuidando de ellos y combatiendo por ellos. Así predicaba el profeta Isaías: “Como ruge el león y el cachorro sobre su presa, y cuando se convoca contra él a todos los pastores, de sus voces no se intimida, ni de su tumulto se apoca; tal será el descenso de Yahveh de los ejércitos para guerrear sobre el monte Sión y sobre su colina” (Isaías 31,4). 

Y en el texto de Ezequiel, que ya mencionamos, vemos que nada se le escapa al compromiso y al amor de Dios-Pastor: “Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma” (Ezequiel 34,16).


2. Lectura de Juan 10,1-10

Leamos ahora con mucho cuidado el texto de Juan 10,1-10:

En una ocasión dijo Jesús:
1“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
6Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
7Entonces Jesús les dijo de nuevo:
“En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
8Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
9Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.
10 El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

2.1. El contexto inmediato: la autosuficiencia de las autoridades y el ejemplo radiante de un seguir de Jesús

Para comprender mejor la parábola (o alegoría) del Buen Pastor, hay que tomar como punto de partida la parte final del relato del ciego nacimiento en Juan 9,39-41. De hecho, si observamos bien, no hay ninguna solución de continuidad entre Jn 9,41 y 10,1.

Los interlocutores de Jesús son los fariseos (9,40). Previamente Jesús, hablando de forma general, había dicho que había venido para un juicio a este mundo y que este juicio lleva a la visión a quien no ve y a quienes ven a la ceguera (9,39).

Estas palabras de Jesús son el mejor comentario del relato del ciego de nacimiento, en el cual se han notado dos actitudes: la del ciego curado, quien ha hecho un camino progresivo de apertura a la fe (ver las anotaciones para el 4to Domingo de Cuaresma pasado) y la también progresiva actitud de cerrazón ante Jesús por parte de las autoridades judías.

Dicho de otra manera, las autoridades religiosas judías creen conocer todo acerca de Dios y dictaminan sobre Jesús, en cambio el ciego curado cada vez vislumbra quién es él más en su búsqueda de fe. Esta es la “ceguera” y la “visión” de la que habla Jesús en Jn 9,39-41, esto es, la autosuficiencia que ciega ante la revelación del misterio -lo cual desencadena su propio juicio- y la apertura del creer:

El que cree en él, no es juzgado; / pero el que no cree, ya está juzgado, / porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios” (Juan 3,18)

Las palabras finales de Jesús, en 9,41, confirman lo anterior: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘vemos’, vuestro pecado permanece” (9,41). Es decir, si hubieran estado dispuestos a admitir la necesidad que tenían de luz (8,12) estarían aptos para dar el paso, pero puesto que creen sabérselas todas, no permiten la revelación de la luz que viene a través de Jesús:

“La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba…
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios”
(Juan 1,9-12)

2.2. Primera parte: La parábola sobre la entrada en el redil (Jn 10,1-6)

1En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús comienza indicando que va a decir algo de mucha importancia, para ello usa la fórmula solemne: “En verdad, en verdad os digo” (10,1ª).

Enseguida enuncia una parábola centrada en la descripción de la actividad del pastor. En ella se distinguen dos partes, cada una caracterizada por una contraposición:
(1) 10,1-3ª: Dos formas contrapuestas de acercarse a las ovejas.
(2) 10,3b-5: La relación entre el pastor y las ovejas y la contrapuesta actitud ante los extraños.

2.2.1. Dos formas contrapuestas de acercarse a las ovejas: la identidad del pastor (10,1-3ª)

1El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas,
sino que escala por otro lado,
ése es un ladrón y un salteador;
2pero el que entra por la puerta
es pastor de las ovejas.
3A éste le abre el portero”

Notemos el énfasis en el verbo “ser”: “Ése es un ladrón y salteador” / “Es pastor de las ovejas”. De esta manera, la primera parte de la parábola señala –mediante contraposición- el criterio por el cual se descubre la identidad del “pastor de las ovejas”: “El que no entra por la puerta” / “El que entra por la puerta”.

Entonces, hay dos modos de entrar al rebaño que dependen de lo que se busque: cuidar del rebaño o, por el contrario, hacerle daño. Así queda establecida la diferencia entre el falso y el verdadero pastor de las ovejas.

(a) El falso pastor: “El que no entra por la puerta… escala por otro lado…

Quien busca hacer daño no da la cara, entra a escondidas valiéndose de un subterfugio (10,1), porque quien tiene segundas o malas intenciones no gusta de ser reconocido, como bien había explicado Jesús: “Todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras” (Jn 3,20).

A quien procede de esta manera se le dan los dos calificativos fuertes de “ladrón” y “salteador”, dos títulos que señalan rapacidad, deshonestidad y egoísmo. Ante todo priman sus propios intereses, el resto no le importa; su búsqueda de la oveja implica sometimiento, enajenación, aprovechamiento y, finalmente, muerte para ella.

(b) El verdadero pastor: “El que entra por la puerta… le abre el portero

El verdadero pastor da la cara al llegar a la puerta y dejarse convalidar por nuevo personaje en la parábola, el portero, quien dictamina sí es o no es pastor. Obviamente, cuando lo reconoce, éste no duda en dejar entrar al pastor. También había dicho Jesús: “El obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).

Y no sólo le abre el portero sino que “las ovejas escuchan su voz”, se entabla una relación estrecha y vivificante entre ellos, como vemos a continuación.

2.2.2. La relación entre el pastor y las ovejas y la contrapuesta actitud ante los extraños (Jn 10,3b-5)

3…Y las ovejas escuchan su voz;
y a sus ovejas las llama una por una
y las saca fuera.
4Cuando ha sacado todas las suyas,
va delante de ellas,
y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
5Pero no seguirán a un extraño,
sino que huirán de él,
porque no conocen la voz de los extraños”.

Una vez que se ha identificado al verdadero pastor, vemos cómo se entabla la relación de éste con sus ovejas. Podríamos decir también que esta segunda parte de la parábola igualmente se describe a la verdadera oveja con la contraposición: “Conocen su voz (del pastor)” / “No conocen la voz de los extraños”. La primera frase lo afirma claramente: “Las ovejas escuchan su voz”, o sea, no dudan en atender la voz de quien los guía y, en consecuencia, “le siguen” con docilidad. ¡Una excelente caracterización del discípulo del Señor!

Toda esta sección podría englobarse bajo el título “Las ovejas escuchan su voz”. Por cierto, más adelante, en el relato de la pasión, Jesús dirá: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37).  

Y, ¿cómo sucede esto?

(a) El seguimiento del pastor: ser “llamado… sacado… precedido” (10,3b-4)

Se distinguen dos momentos: cuando la oveja es sacada del redil y cuando es conducida por las praderas. En ambas ocasiones la “voz” del pastor juega un papel fundamental.

El verbo “sacar” está repetido, es una acción importante. El término es conocido en el vocabulario del éxodo: “sacar fuera” es un acto de libertad; al respecto, algunos comentaristas han notado que nunca se habla de un traer de vuelta al viejo redil.

Pues bien, el “sacar” se realiza mediante un llamado: “a sus ovejas las llama una por una” (lit: “por su nombre”). Cada oveja sabe su propio nombre y responde enseguida a la voz del que la llama “por su nombre”. El “nombre” señala la identidad de una persona, lo que la distingue y hace única, también su historia y sus características personales. La oveja es conocida así. Tenemos aquí una sobria pero elocuente descripción de la relación personal que el pastor entabla con cada oveja: él se interesa por ella llamándola desde la hondura de su identidad personal y ella, por su parte, reconoce su voz y le responde poniéndose en camino hacia él y junto con él.

Comienza, entonces, la segunda etapa: “va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (10,4). Una vez que han sido llamadas por su nombre, sacadas del redil y congregadas, las ovejas son encaminadas hacia los lugares de pastaje. La relación llamada/respuesta ahora progresa hacia la relación precedencia/seguimiento: el pastor camina delante de ellas, y éstas –ciertamente con gran alegría- siguen a aquel cuya voz les es familiar.

El discipulado se describe claramente con el “ir delante” del Pastor/Maestro y el “seguir” de la Oveja/discípulo. El contenido del seguimiento de Jesús está presentado a lo largo de todo este evangelio, de punta a punta (si bien el término “seguir” es apenas uno de los términos usados por Juan para describir el seguimiento de Jesús, vale la pena observar: 1,37-38.40.43; 6,2; 10,27; 13,36-37; 18,15; 21,19.22). Pero aquí lo el evangelista nos invita a observar atentamente es qué es lo que dinamiza el seguimiento: “le siguen porque conocen su voz”. Sin el conocimiento de la voz de aquel que es la Palabra de Vida (1,4) no es posible el seguimiento de Jesús.

(b) La fuga ante los extraños (10,5)

La parábola termina señalando que las ovejas no sólo “siguen” a Jesús sino que “no seguirán a un extraño” (10,5a). Y el argumento es el mismo: “porque no conocen la voz de los extraños” (10,5c). Es la antítesis del versículo anterior.

No sólo se afirma que no seguirán a los extraños sino que “huirán” de ellos aterradas (10,5b). Una cosa es la indiferencia frente al extraño y otra es la fuga. Esta última actitud puede ser leída en dos planos:

  • Teniendo en cuenta que no se reconoce la voz de los extraños, se puede entender como capacidad discernimiento por parte del discípulo del Señor: el discípulo aprende a distinguir lo que proviene y lo que no del Señor.
  • Teniendo en cuenta la connotación del término fuga, como carrera en vía contraria, se puede entender como un apartarse decididamente o, mejor aún, como toma de decisión radical y profética frente a todo aquello que no va de acuerdo con el camino de vida.

Hay que tener presente que gracias a la familiarización con la voz de Jesús es que es posible detectar las voces seductoras que proponen caminos de muerte: ¡la escucha del Señor es la escuela de los auténticos profetas!

2.3. Interludio: la incomprensión del auditorio (10,6)

6Jesús les dijo esta parábola,
pero ellos no comprendieron lo que les hablaba”

El relato de la parábola parece darse por concluido (el P.Alonso-Schökel hablaría más bien de la “primera variación” de la parábola). En realidad se trata de una pausa en la que el reflector se proyecta sobre el auditorio.

La comparación propuesta en Jn 10,1-5 es llamada aquí con término griego “Paroimía”, el cual puede significar en primer lugar: proverbio o acertijo; aunque según la terminología adoptada para los otros evangelios, bien cabe el término “parábola”. No entramos aquí en consideraciones sobre el género literario “parábola”, más bien llamamos la atención –como es evidente- sobre el hecho de que se trata de una enseñanza que requiere ejercicio de “conocimiento” (como aparece literalmente en griego): “Pero ellos no conocieron (o reconocieron) lo que les hablaba” (10,6b).

Situándonos sobre este plano del “conocimiento” el evangelista nos invita a una correlación entre la actitud de las autoridades religiosas judías, quienes son los interlocutores de Jesús (Jn 9,39-41), y los comportamientos descritos en la parábola (Jn 10,1-5).

En pocas palabras: las ovejas oyen la voz del pastor (v.3b-4), pero los fariseos no oyen su voz, no reconocen lo que les está diciendo. De esta manera el v.6 parece estar identificando a los fariseos (ver Jn 9,40) con los “ladrones y salteadores” de Jn 10,1.

Esto se hace más evidente si observamos el comportamiento de Jesús, y al mismo tiempo el de las autoridades religiosas, en el relato del ciego de nacimiento: (1) Jesús se ha ocupado de la oveja, la ha curado (ver Jn 9,6-7) y luego la ha buscado (9,36); (2) los fariseos, por su parte, la han rechazado (9,34). En cuanto el ciego curado parecía cada vez más seducido por Jesús, los fariseos se mostraban más hostiles. El punto es claro cuando llegan a decirle al ciego curado: “Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés” (9,28).

Esta actitud de los adversarios de Jesús frente a su revelación y a su consecuente seguimiento, se devuelve como un boomerang hacia ellos: se han convertido en los “extraños” a los cuales no hay que reconocer.

Vale la pena traer a colación aquí el excelente comentario de la biblista Pheme Perkins, quien anota sobre Jn 10,6: “Para el lector que acaba de ser informado de la ceguera de los fariseos, resulta evidente que el autor le está aconsejando que no preste atención a las enseñanzas de los fariseos” (NCBSJ).

2.4. Aplicación: una clara y directa auto-presentación de Jesús

Después de la parábola dirigida a los fariseos “ciegos” que habían expulsado al ciego curado por Jesús, comienza la segunda parte del texto seleccionado para hoy, en la cual Jesús se compara a sí mismo con la puerta: en contraposición con los otros que son ladrones y salteadores, él conduce a la vida.

Esta segunda parte del pasaje comienza llamando la atención del lector con una fórmula solemne similar a del comienzo de la parábola: “En verdad, en verdad os digo” (10,7ª; ver 10,1ª; se traduce: “les aseguro que…”).

Enseguida, y sin más preámbulos, Jesús se revela como el “Yo soy”. Se afirma así la identidad trascendente de Jesús, ya que el “Yo soy” es una alusión al nombre de Yahvéh en Éxodo 3,14. De ahí su importancia absoluta y determinante para la salvación:

-       Yo soy la puerta de las ovejas… Si uno entra por mí estará salvo” (10,7b.9ab).
-       Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10).

Una importante revelación de Jesús (que sólo será completa con la lectura de Jn 10,11-18) está enmarcada entre estas dos afirmaciones.

Si observamos con cuidado el texto notaremos que en los vv.7-9 predomina el verbo “ser” (“yo soy”, v.7; ellos “son”, v.8; “yo soy”, v.9) y en el v.10 el verbo “venir” (“el ladrón no viene más que a…”, v.10ª; “Yo venido para…”, v.10b). Así como en la parábola de Jn 10,1-5, se distinguen también aquí dos partes en la que se juegan contraposiciones.

2.4.1. “Yo soy la puerta…” (Jn 10,7-9)

“En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
8Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
9Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.

La imagen de la puerta había aparecido antes en Jn 10,1-2, allí era el lugar de entrada correcto para acceder al redil. Ahora se da un paso adelante: Jesús es esta puerta. Un antecedente bíblico puede ser el Salmo 118, el cual quizás fue interpretado como profecía mesiánica –siempre bajo la luz de la Pascua- en el cristianismo de los orígenes, particularmente el v.20: “Aquí está la puerta de Yahveh, por ella entran los justos”.

Esto quiere decir que solamente a través de Jesús se puede tener el acceso adecuado a las ovejas y que por medio de él las ovejas pueden salir hacia los espacios amplios de la vida representados en las verdes praderas, como se describe en Jn 10,9.

Los que vinieron antes de Jesús son calificados de “ladrones y salteadores”. Los que antes de Jesús han conducido al pueblo de Dios, específicamente estos dirigentes que tiene ante sus ojos y que lo rechazan a él así como a quienes comienzan a aceptar su revelación (por ejemplo, el ciego de nacimiento), ya no son reconocidos como sus dirigentes: “las ovejas no les escucharon”. Y puesto que no han entrado por la puerta, no tienen ningún derecho sobre las ovejas.

Detrás del calificativo de “ladrones y salteadores” se dejan sentir la gravedad de la irresponsabilidad del líder religioso frente a su comunidad, como dice D. Moloney, se han convertido en “proveedores de una esperanza mesiánica para su propio beneficio”. Pero las ovejas ya han comenzado a no prestarles atención (ver Jn 9,24-33) y a seguir a Jesús (ver Jn 9,38).

¿Qué está sucediendo ahora con Jesús? El v.9 retoma el v.7 para explicarlo: Jesús es el mediador (=“por medio de mi”, v.9b; es el sentido de una puerta) que va a proveer a las ovejas con todo lo que necesitan para vivir y con quien el redil se encuentra protegido y seguro. Es decir, que quien “entra” se salva por medio de él y quien “sale” encuentra un ámbito de vida.

Jesús es la mediación de la vida. Y todo esto gracias a la voz que es escuchada y seguida: “Todo se hizo por medio de ella (la Palabra)… En ella (la Palabra) estaba la vida / y la vida era la luz de los hombres… La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1,3.4.17).

El “entrar” y “salir” connota también la libertad de la que se habló en la parábola, en Jn 10,3b-4 (verbo “sacar”). La puerta permanece grande y abierta, las ovejas van y vienen, no son aprisionadas sino que se las hace salir y son siempre conducidas por aquel a quien escuchan. Entre libertad y vida se establece una estrecha relación.

Y el don de Dios se da con toda magnanimidad. Valga recordar que la imagen del “encontrará pastos” (v.9d) parece retomar la promesa de Dios en Ezequiel 34,14 que se había convertido en anhelo del Pueblo de Dios: “Las apacentará en buenos pastos, /y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. /Allí reposarán en buena majada; /y pacerán pingües pastos por los montes de Israel”.

Es al servicio de esto que debían ponerse todos los pastores de Israel. Y es aquí donde la manera de realizar la misión en función del pueblo se pone en cuestión.

2.4.2. “Yo he venido para…” (Jn 10,10)

Lo que Jesús “es” se realiza en la misión para la cual ha “venido”. Las frases contrapuestas “El ladrón no viene más que a…” / “Yo he venido para…” ponen ante nuestros ojos –en forma comparativa- dos maneras de presentarse ante las ovejas.

Los verbos “robar”, “matar” y “destruir” aplicados al ladrón, señalan que no hay nada vivificante en ellos. Correlacionemos con el v.8: los que habían venido antes de Jesús y se presentaban ante el pueblo como sus servidores no le ofrecían la vida que necesitaban sino que se valían de él para mantenerse en su posición de privilegio. Los fariseos y dirigentes del pueblo quedan definitivamente descalificados como pastores.

Los tres verbos de negación de vida de la oveja que tiene como sujeto al ladrón, se contraponen a uno solo que tiene como sujeto a Jesús: “Dar Vida”. Ahora se dice de forma explícita: “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10). Y no sólo un poquito sino en abundancia.

Esta será la pretensión inaudita de Jesús, la que será motivo de confrontación cada vez más fuerte con sus adversarios, la que le llevará finalmente hasta la muerte en la cruz, en la cual –paradójicamente- efundirá esa vida abundante sobre la humanidad entera, dando vida con su propia vida.

3. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

“Los fariseos dijeron que no eran ciegos; pero, para ver, tenían que convertirse en ovejas de Cristo. Y como pretendían tener la luz ellos se enfurecían contra el Día.
Fue precisamente para responder a su vana, soberbia e incurable arrogancia, que el Señor pronunció palabras que son para nosotros, si bien las consideramos una advertencia saludable.

En verdad, hay muchos que, según un cierto ideal de vida, pasan por hombres de bien y honestos, por mujeres virtuosas e irreprensibles; son observantes de todo lo que la ley prescribe: respetan a sus padres, no son adúlteros, no matan, no roban, no dan falso testimonio contra nadie y parece que observan todos los otros preceptos; todavía no son cristianos. Y hasta llegan frecuentemente a vanagloriarse como los fariseos: ‘¿Por ventura también nosotros somos ciegos?’ (Juan 9,40).
Teniendo en cuenta, con todo, que todas esas cosas no tienen valor, ya que ellos las realizan sin referencia al fin último, en la lectura de hoy el Señor presenta una parábola que se refiere al rebaño y a la puerta por donde entra en el redil. Los paganos tiene pues bellos discursos: ¡Nosotros vivimos honestamente! Pero, si no entran por la puerta, ¿de qué les sirve aquello de que se glorían? El vivir honesto debe garantizar la posibilidad de vivir siempre; pero si no sirve para vivir siempre, ¿entonces para qué sirve? Ni se puede decir que viven honestamente aquellos que por ceguera ignoran o por orgullo desprecian la finalidad del vivir honestamente. Y nadie puede tener la esperanza verdadera y cierta de vivir eternamente si no reconoce la vida que es Cristo y no entra por la puerta en el redil”
(San Agustín, “In Ioan.” Tr. 45,2-3)

4. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón
4.1 ¿Qué pastores se han hecho cargo de mí? ¿Por qué les debo gratitud?
4.2 ¿Qué caracteriza los cuidados que Jesús ofrece como “Buen Pastor”?
4.3. ¿Intento ordenarle a Jesús qué es lo que debe darme? ¿Me dejo guiar por Él?
4.4. ¿Qué quiere decir la frase “Yo soy la Puerta”?
4.5. ¿Cuáles son las lecciones del Evangelio de hoy para mi vida como responsable de una comunidad o de una familia?

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM


Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del Domingo

Sumario: Los libros de la primera alianza presentan a Dios como un buen pastor. “El Señor es mi Pastor, nada me falta”, canta el Salmo 23. En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta, por su parte, como el Buen Pastor que vino al mundo para que todos tengamos vida y vida en abundancia. Esta imagen es retomada en la carta de Pedro: “Ustedes andaban errantes como las ovejas, pero en el presente han regresado al pastor que vela sobre ustedes”.  En el discurso de Pentecostés, Pedro presenta la nueva figura de Jesús crucificado:”Dios lo constituyó Señor y Cristo”.

Primera lectura: Hechos 2, 14ª.36-41

Al final del discurso del día de Pentecostés, Pedro subraya dos puntos: (1) que ellos, sus oyentes, tienen que ver con la crucifixión de Jesús y (2) que Dios resucitó a Jesús.

Pedro no quiere aplastar a su auditorio bajo el peso del remordimiento, sino poner en evidencia la obra realizada por Dios: aquél a quien crucificaron fue constituido “Señor y Cristo”. Dos títulos reales atribuidos al Jesús. El título “Señor” tiene una connotación divina: en el Antiguo Testamento se utiliza para referirse al Dios de Israel (traduce el nombre de Yahvé). El título “Cristo” afirma el mesianismo de Jesús, ahora plenamente realizado por su muerte y resurrección.

La afirmación del Señorío de Cristo es dicha con tal fuerza y convicción que los oyentes se sienten conmovidos. Ellos comprenden que la adhesión a la nueva fe supone un cambio en sus vidas. Creer en Jesús Señor sin que esto cambie algo en el comportamiento del creyente no tiene ningún sentido. Pedro pide a sus oyentes que le den un giro a sus vidas (este es el sentido etimológico de “convertirse”). Dar un giro (como si fuera media vuelta) sobre el camino del mal para ponerse de cara a Dios. Es así como se obtiene el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, pero igualmente el Espíritu Santo, el don supremo que hace participar al creyente en la misma vida de Dios.

La fe en Cristo Señor no lleva necesariamente a romper con la fe de Israel sino a meditar las lecciones de la Escritura. El término “gente perversa” describe el comportamiento de los hebreos cuando atravesaban el desierto guiados por Moisés: ellos se le rebelaron a Moisés. El Salmo 78,8: “generación rebelde y revoltosa, generación de corazón voluble y de espíritu desleal a Dios”. Pedro invita a no repetir este comportamiento sino a poner la confianza en Dios.

La predicación de Pedro tiene éxito: mucha gente adhiere al Señor Jesús mediante el bautismo, una vez que le preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”.

Salmo responsorial: Salmo 23

 Este Salmo es uno de los más célebres del salterio. Las tres primeras estrofas (vv.1-4) desarrollan la idea de un viaje guiado por la imagen de un Dios pastor de su pueblo. Esta imagen se aplica bien al Dios del éxodo, quien libera a su pueblo y lo conduce a través del desierto hasta una tierra que mana leche y miel. Tiene en cuenta en el camino todo lo que puede nutrir a su pueblo.

En una relectura cristiana, este Salmo puede prestarse para una lectura más personal. Dios conduce a su fiel sobre los senderos de la vida, le indica el camino justo y, más allá de los límites de la muerte, lo conduce en los verdes prados de la bienaventuranza eterna.

Las dos últimas estrofas (vv.5-6) se apoyan en otra imagen: la del anfitrión que acoge a su invitado con los brazos abiertos. Según los ritos orientales, le ofrece exuberantemente perfume y vino. En su mesa, lo invita a sentarse con seguridad, sus enemigos no podrán contra él.

En la última estrofa, el lugar de acogida es preciso: el Templo. Allí el salmista desea terminar sus días. Con sus dos compañeras, “bondad” y “misericordia”, el orante consigue llegar a la presencia de Dios, donde no falta nada, donde alcanza la realización de todas sus búsquedas.

En este domingo del Buen Pastor, aplicamos también este Salmo a Jesús, quien nos lleva por los caminos de la vida. Con Él, la bondad y la misericordia nos acompañan todos los días. Las fauces de la muerte no nos podrán engullir. Jesús nos conducirá hasta la casa del Padre, allí donde una copa desbordante nos espera.


Segunda lectura: 1 Pedro 2,20b-25

Pedro se dirige a una comunidad perseguida. No les hace una apología del sufrimiento, más bien muestra su valor para aquellas personas que se sienten escandalizadas por esto.

Como idea central del pasaje, Pedro propone vivir el sufrimiento a la manera de Jesús: no hay que responder mal por mal, no se trata de aniquilar al adversario. En Cristo nada es “contra” nosotros sino que todo es “por nosotros”; el corazón purificado de toda venganza se llena de confianza en el Dios en quien apoya su vida. Esto es posible porque el Padre siempre ha hecho triunfar su misericordia y su salvación, que son los dos aspectos de la “justicia”.

Observemos de cerca el texto: en los versículos 21-25 encontramos un himno cristiano antiguo en el que, después de una introducción (v.21), se hace una relectura del Isaías 53, aplicándole a Jesús la profecía del Siervo de Yahvé.

La razón por la cual se escoge esta lectura para hoy está en la última frase: “Andaban extraviados como ovejas, pero ahora volvieron al pastor y guardián de su vida” (v.25). Estas “ovejas”, que en otro tiempo estaban desgarradas (se refiere a los destinatarios de la carta: los oyentes de esta “homilía pascual”), ahora son el rebaño de Jesús , quien es el pastor y el guardián (literalmente en griego: “obispo” o “supervisor”).

(J.S. – F.O.)
Anexo 2
Una base para homilía

El Pastor de los pastores


Después de habernos presentado durante tres domingos la resurrección del Señor, a través de los relatos de sus manifestaciones a los discípulos, la liturgia de hoy nos invita a contemplarlo viviente en calidad de pastor de la Iglesia, ‘Pastor de los pastores de las ovejas’ (Hebreos 13,20), que le indica al rebaño y a los pastores el camino a seguir.

Estamos en Jerusalén, y Jesús acaba de curar a un ciego, un día sábado, suscitando la indignación de los fariseos. Para revelar la autoridad que lo capacita para actuar de esta manera, Jesús pronuncia su discurso sobre el ‘Buen Pastor’. Israel conocía la vida de los pastores: por eso había llegado a dirigirse a Dios como ‘Pastor de Israel’ (Salmo 80,1), capaz de conducir a quien confía en él ‘sobre el sendero justo, por prados de hierba fresca y hacia aguas tranquilas’ (Salmo 23,1-3).

Para llevar a cabo su obra, Dios se sirvió también de pastores humanos, quienes debían ser mediadores de su amor, pero a que a veces terminaban ‘haciendo perecer y dispersar al rebaño’ (Jeremías 23,1).

La fórmula solemne, ‘en verdad, en verdad les digo’, con la cual Jesús abre su revelación, es una invitación para nuestras mentes y nuestros corazones. La primera parte de su discurso está centrada en la contraposición entre el verdadero pastor y quien, aún haciéndose llamar como tal, se comporta como un ladrón y mercenario. El pastor entra en el recinto de las ovejas a través de la única entrada legítima, la puerta, mientras que el ladrón entra furtivamente, por otro lado.

Todo lo que sigue es consecuencia: el portero guardián -es decir, el Padre- le abre al pastor, el cual llama una por una las ovejas, las conduce fuera y camina delante de ellas. Ellas, en respuesta, lo siguen porque escuchan y conocen su voz.

De esta manera aparece descrita nuestra relación con Jesús, el único pastor verdadero de nuestras vidas: una relación hecha de escucha, conocimiento y seguimiento confiado, imposible de instaurar con otra imagen: ‘En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas… Si uno entra a través de mí, será salvado; entrará y saldrá y encontrará pastos’. Las dos imágenes. la del pastor y la de la puerta, se yuxtaponen: Jesús es ‘el buen pastor que ofrece la vida por las ovejas’ (Jn 10,11) y es el camino que conduce hacia el Padre, el camino convertido en puerta para nosotros. Él es al mismo tiempo el mediador de la salvación y la salvación misma: el estilo con el cual vivió su existencia se ha convertido en el camino sobre el cual somos llamados para caminar nosotros los discípulos, si es queremos ver salvada nuestra vida.

Al contrario, dice Jesús, ‘todos los que han venido antes de mí son ladrones y salteadores, pero las ovejas no los han escuchado’. Aquí Jesús no se refiere a los personajes de la primera alianza. De hecho, a través de él han pasado los pastores y los profetas fieles e Israel, desde Abraham hasta Juan Bautista, pero otros han venido con pretensiones injustificadas: los falsos mesías y profetas que buscaban su propia gloria. Los falsos pastores que fueron criticados duramente por Jeremías y Ezequiel.

Pero la mirada de Jesús está puesta ante todo en los pastores de su Iglesia: ‘El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir, yo he venido para tengan vida’. Aquellos que en la Iglesia ejercen el servicio de guiar la grey son advertidos: la alternativa es entre ser los pastores que se ocupan de las ovejas con amor y les dan la vida en abundancia, o ser ladrones y bandidos que se preocupan de apacentarse a sí mismos. Y el modelo que se pone ante sus ojos es uno solo: Jesús, ‘el Pastor de los pastores’ (1 Pedro 5,4), quien ‘sintió compasión cuando vio a las multitudes, porque andaban como ovejas sin pastor’ (Mc 6,34).

(Enzo Bianchi, Comunidad de Bose)



Anexo 3
Pistas para los animadores de la liturgia


I
La figura de Cristo, considerado en su relación con cada creyente y con la Iglesia toda, domina toda la liturgia de este domingo. Jesús es la Puerta. Las puertas de nuestros templos nos recuerdan esta verdad. Pero, entre todas, la principal  debe ser para todos los fieles un llamado a entrar por Cristo, “Puerta” que nos conduce con seguridad al redil acogedor del Padre, para saborear la abundancia del alegre festín de la salvación.

II
Jesús “llama a las ovejas por su nombre”, dándole a cada uno una “vocación” singular. Por eso este día se celebra la Jornada Mundial de las Vocaciones, sobre todo aquellas para una consagración especial: no se trata únicamente del llamado para ministerio sacerdotal sino también de todas las vocaciones que el Pastor suscita para seguirlo con radicalidad. Leamos personalmente y en comunidad el Mensaje que nos ha dirigido este año el Papa Benedicto XVI con motivo de esta Jornada: “Las vocaciones al servicio de la Iglesia-Misión”

III
La celebración litúrgica de la misa dominical no dejará ciertamente de dar expresión a la solicitud de Cristo y de la Iglesia por las vocaciones. Sobre todo la homilía, más que una disertación sobre el tema, debe celebrar a Cristo: es Él quien llama y es Él el modelo. Hay que valorar también la oración de los fieles, en un vaivén fecundo entre la Palabra proclamada y las necesidades sentidas del Pueblo de Dios.

IV
Para los lectores.

Primera lectura: El texto tiene una variedad de voces y de tonos: el narrador, el discurso de Pedro, el diálogo de los oyentes con los apóstoles. El lector sabrá, sin exceso de teatralidad, modular su voz. Atención con algunas palabras: “crucificaron”, “traspasaron”, “los seguía urgiendo” (persuadía), etc.

Segunda lectura: Atención con la división del texto: Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro///// Queridos hermanos/// …paciencia/ …hacer el bien// (seguir distinguiendo las pausas hasta el final, no es un texto fácil).

(V.P. – F.O.)
Anexo 4
Oremos por las Vocaciones

Este domingo le pedimos al Señor “pastores” para su Iglesia. Pero no sólo un gran número sino sobre todo pastores de calidad, personas que lleven en su corazón lo que Jesús tenía en el suyo: más amigos que maestros, más acompañantes que vigilantes, más educadores de la libertad que normativos, sobre todo personas respetuosas, afectuosas, que  enseñan más por lo que son que por lo que dicen. En otras palabras, vocaciones santas.

“Señor Jesucristo, Buen Pastor (Jn 10,1ss)…


que dijiste ‘Rogad al Dueño de la mies,
que mande obreros a su mies’ (Lc 10,2),
te pedimos suplicantes,
por intercesión de la bienaventurada Virgen María, tu Madre,
y con todos los santos sacerdotes,
que envíes a tu viña obreros fieles,
que hagas a todos los sacerdotes dignos ministros
de los sagrados altares (Hb 8,2),
y concede a tu Iglesia muchos otros sacerdotes
y pastores según tu Corazón (Jr 3,15),
para que contigo y con ellos merezcamos ofrecer al eterno Padre
la hostia de la alabanza eterna (Sal 115,17; Ef 5,2; Hb 13,15).
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén”.

(San Juan Eudes)

Tercer Domingo de Pascua

Estudio bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Tercero de Pascua – Mayo 8 de 2011


EN EL CAMINO DE EMAÚS:
Un itinerario de fe pascual que transforma el corazón
Lucas 24, 13-35

“Caminaban, muertos, junto a un viviente;
caminaban, muertos, junto a la vida.
Junto a ellos caminaba la vida”
(San Agustín)


“Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
Y al punto se les abrieron a ellos los ojos y lo reconocieron”


Comencemos con esta maravillosa oración preparada por Frey Carlos Mesters:
“Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que nos ayude a leer la Escritura con los mismos ojos con que Tú se la leíste a los discípulos sobre el camino de Emaús.
Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dramáticos de tu condena y muerte. Así, la Cruz que parecía ser el fin de toda esperanza, apareció ante ellos como fuente de vida y de resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren.
Que tu Palabra nos oriente de manera que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniarle a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz.
Te lo pedimos a Ti, Jesús, hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.”



Introducción

Uno de los relatos de apariciones de Jesús Resucitado más leídos y amados es el de los discípulos de Emaús. Su lectura en este domingo marca un hito importante dentro del itinerario de fe y vida que estamos haciendo en la Pascua de este año.

El relato está construido sobre el tema del “camino”, en un itinerario de ida y vuelta, dos veces pasan por el mismo camino. El punto de referencia es la ciudad de Jerusalén, donde todavía está fresco el acontecimiento de la Pasión. La aldea de Emaús marca el punto de giro.

Inicialmente los dos discípulos, Cleofás (abreviación de Cleópatro) y su compañero, se alejan de Jerusalén profundamente desilusionados a causa de la crucifixión de Jesús: “Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba once kilómetros de Jerusalén” (24,13). Al final, en una narración cargada con breves y precisas pinceladas, se les describe regresando completamente felices como portadores del anuncio pascual en medio de la comunidad reunida en la Ciudad Santa: “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén… Contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (24,33.35).

Entre estos dos momentos se sitúa bellísimo itinerario de conversión pascual.  Jesús se une a ellos discretamente y los acompaña en el caminar, sin hacerse reconocer, hasta el momento de la cena en Emaús, en la cual los ojos de ellos descubren al Resucitado: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron” (24,31ª).

En esencia el relato da los siguientes pasos:

·       Dos discípulos que se alejan de la comunidad y regresan al que quizás sea su lugar de origen, discuten amargadamente sobre los eventos de la Cruz.

·       Jesús, entrando en el camino sin dejarse reconocer, interviene inicialmente para hacerlos repetir la historia una vez más.

·       Luego toma la palabra para abrirles una nueva perspectiva. Les muestra, partiendo de las Escrituras, que el camino de sufrimiento recorrido por el Mesías era querido por Dios.

·       Después de larga caminata escuchándolo, y cuando llegan a su destino, los discípulos lo invitan a pasar la noche en su casa y a compartir su mesa. Allí él se les da a conocer en la “Fracción del Pan”. Al reconocer al Señor resucitado, ellos comprenden que el fin del camino recorrido por Jesús en su ministerio no era la muerte, sino la gloria.

·       Entonces regresan a Jerusalén y anuncian su experiencia: el encuentro con el Resucitado.

·       En el mismo día están de nuevo en el punto de partida: no ya como sobrevivientes desilusionados, sin fuerza ni coraje, sino como mensajeros de la resurrección.

Vamos a leer el texto señalando algunos puntos fundamentales.


1. Dos discípulos, bajo el escándalo de la Cruz, toman distancia de Jerusalén y de la comunidad (24,13-27)

El evangelista sitúa a los discípulos inmediatamente en el escenario del camino: “iban… a un pueblo llamado Emaús” (24,13). La distancia no es excesiva, se encuentra en los alrededores de Jerusalén.

Tres pequeños cuadros nos presentan lo sucedido en el viaje hasta Emaús.


1.1. Primer cuadro: Una acalorada discusión entre los dos durante el viaje (24,15-18)

La primera imagen que aparece es la de cómo a lo largo del camino los dos discípulos llevan como tema de conversación la suerte de Jesús: “Conversaban y discutían entre sí sobre todo lo que había pasado” (24,14).

Con la entrada de Jesús en ese camino, también nosotros resultamos involucrados en el asunto y podemos conocer de cerca lo que le sucede a los dos peregrinos de Emaús.

La actitud ante la Cruz

Su lectura de los acontecimientos en principio es negativa. Tres detalles nos permiten ver su estado de ánimo:
(a) “Conversaban y discutían” (24,15ª), donde el término “discutir” describe un debate acalorado entre ellos (el mismo término aparece en Hechos 15,2: una agitación en la comunidad).
(b) “Pararon con aire entristecido” (24,17): la tristeza se les notaba en el rostro.
(c) Su primera reacción poco amable ante la pregunta de Jesús: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?” (24,20b). Es de tan vital importancia el asunto para ellos que les parece extraño que haya alguno que aparentemente no lo sepa.

Lo que reiterativamente hablan entre sí se lo repetirán al viajero que se ha unido a ellos, siguiendo su mismo paso, pero sin revelar su identidad (24,15). La mirada todavía fija en una Cruz que no logran comprender no les permite captar al Resucitado (24,16).

¿Qué hay detrás de esta actitud?

Ellos están viendo la Cruz desde su lado oscuro. Están en la misma línea de la comunidad cuando escuchaba los anuncios de la Pasión: “les estaba velado de modo que no lo comprendían… las palabras les quedaban ocultas” (9,45; 18,34).

De hecho, ellos siguen viendo la pasión de Jesús desde su perspectiva, es decir, a partir de sus expectativas desilusionadas. Estos dos discípulos se habían quedado en Jerusalén esperando hasta el tercer día después de la crucifixión (24,21). Al no suceder lo que esperaban, pierden toda esperanza y se van.

1.2. Segundo cuadro: una lectura retrospectiva de los hechos (24,19-24)

Con todo, no consiguen sacarse de la cabeza lo que les ha pasado en los días anteriores. La pregunta de Jesús los lleva a exteriorizar todo: hacen una síntesis del tiempo transcurrido, de las experiencias compartidas con Él, de las esperanzas puestas en Él.

El gran profeta…

Lo habían conocido como gran “profeta poderoso en obras y palabras” (24,19), como aquel que podía guiarlos y ayudarlos. Es decir, lo habían visto como un Mesías que habría liberado a Israel de todos los enemigos y había establecido abiertamente y definitivamente el Reino de Dios: “Nosotros esperábamos que sería el que iba a librar a Israel…” (24,21).

Crucificado…

En cambio Jesús, después de ser juzgado por las autoridades, fue crucificado (24,20). Lo curioso es que a pesar de eso, continúan creyendo que fue un gran profeta enviado por Dios. Al fin y al cabo, ¡Él sufrió la suerte de tantos profetas!

Pero el asunto es más de fondo y es que si se trata de reconocerlo como Mesías, al respecto ya no hay nada de qué hablar. ¡Un hombre que ha sido crucificado y matado no puede ser el Mesías! ¡De Él no se puede esperar plenitud de vida por medio del poder de Dios!

Los extraños eventos de la mañana…

El anuncio que las mujeres trajeron de la tumba vacía y de la aparición de un ángel volvió a encenderles la esperanza: “Él vivía” (24,22-23). Pero esto no los ayuda a seguir adelante. Los discípulos que fueron a comprobar este mensaje encontraron la tumba vacía; pero “ver” a Jesús en persona fue imposible (24,24).

En pocas palabras, esta mirada retrospectiva refiere la historia de una gran esperanza y de una desilusión aún mayor que se concentra en estos dos hechos: (1) Jesús murió en una cruz, y (2) ya no es posible verlo en ninguna parte. La muerte de Jesús en la cruz y su aparente ausencia permanecen para siempre como piedra de escándalo.

Los dos discípulos están convencidos de que Jesús no puede ser el Mesías y que deben esperar otro. Pero, hay que notarlo, todo su pensamiento y su conversación continúa concentrado sobre él.

1.3. Tercer cuadro: una nueva luz sobre la Cruz presentada por Jesús (24,25-27)

Ahora Jesús toma la palabra. Él les presenta su punto de vista apoyándose en una lectura de las Escrituras.

Para ello primero los sacude para que dejen de lado a dureza de corazón y se abran a la manera como Dios se revela generosamente en la Escritura.

Enseguida el Resucitado en persona los introduce a la comprensión de su camino que ellos vieron terminar en la Cruz. Les hace entender que la Cruz hay que verla desde la lógica salvífica de Dios revelada en las Escrituras: “Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (26,26). A la luz de los sufrientes servidores de los propósitos salvíficos de Dios en la historia de Israel, se comprende que su muerte en una cruz no es un fracaso, sino la expresión de su fidelidad incondicionada hacia Dios. De consecuencia, su camino no termina con la muerte, sino que a través de ella Él “entra en la gloria”, en la comunión eterna con Dios (25,26).

Jesús es verdaderamente el “Mesías” (el “Cristo”), y lo es precisamente en cuanto Crucificado. Por medio de Él, que ha renunciado a todo, incluso a su vida, y se ha atenido únicamente a la voluntad del Padre, se manifiesta la plenitud de la potencia de Dios, que les ha hecho el don de la vida eterna.

El camino del sufrimiento muestra que Él no es el Mesías del reino y del bienestar terreno. Su perspectiva es más profunda: por medio de él la potencia de Dios le da plenitud de vida más allá de la muerte, en la comunión eterna y gloriosa con Él.

Jesús les enseña qué es lo que se puede esperar de él con la mayor confianza y cuáles son las expectativas que hay que dejar de lado.

2. La cena en Emaús: el momento cumbre del proceso de desvelamiento del sentido de la Cruz (24,28-32)

En la encrucijada

Hasta ahora Jesús siempre ha tomado la iniciativa, cuando están cerca de su lugar de destino Él deja que sean los dos discípulos los que le pidan que se quede con ellos. Por eso “hizo las veces de quien sigue adelante” (24,28).  Jesús no quiere imponerles nada; su presencia y su cercanía deben ser solicitadas.

En la mesa

A la hora comer juntos, Jesús ocupa el lugar de la presidencia en la mesa y hace el rito del partir el pan: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando” (24,30). La repetición de los gestos de la última cena (22,19), asociados con el contexto mesiánico en el que los hizo cuando la multiplicación de los panes y los peces (9,16), revelan el sentido positivo de la Pasión: la “entrega por” los demás.

Entonces lo reconocen (“entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”, 24,31), pero Él desaparece de su presencia, porque ya logró su finalidad.

¡Los dos discípulos lo han visto personalmente y saben que está vivo! Saben que el Resucitado les explicó su destino de sufrimiento y las Escrituras. Saben que su camino es querido por Dios, y conduce a la vida. Saben que en la cena los ha atraído de nuevo a la comunión con Él.


Una nueva conversación entre los dos discípulos

Su diálogo, su compartir estrecho escrutando las Escrituras, la mesa compartida, toda esta experiencia los ha transformado. Su mente, su corazón, su vida entera –antes incapaz de percibir su nueva forma de presencia- ha estado en contacto con Él. Sobre esta vivencia los discípulos fundarán su porvenir.

El camino del Crucificado –ahora visto de manera completa- les ha permitido ver al Resucitado. Y al mismo tiempo, el Resucitado les ha permitido ver el sentido del Crucificado.

Si la relación de los discípulos con Jesús se caracterizó hasta su muerte, por su presencia visible, ahora comprenden que el Resucitado ya no estará presente de manera visible junto a ellos pero que esto no quiere decir que no esté. Al estar caminando junto con ellos, el mismo Jesús los introdujo en una nueva forma de comunión con Él, caracterizada por la certeza de que su vida perfectamente realizada: “¡El Señor ha resucitado verdaderamente!”.

El resucitado ha desaparecido de la percepción de sus ojos físicos, pero permanece junto a ellos a través de la lectura comprensiva de las Escrituras, de lo cual les hizo su don, y de la “Fracción del Pan”. Por medio de esta mediación no sólo tienen acceso a la persona de Jesús sino al sentido de vida y de su misión entera: ese paradójico camino querido por Dios.

En consecuencia, los discípulos deben continuamente dejarse conducir por Él, no pueden ser “insensatos y tardos de corazón” (24,25ª). Si la Escritura los llevó a Jesús, también Jesús los llevó a entender la Escritura en su sentido más profundo. Las Escrituras, que revelan el camino de Dios, culminan en la Cruz del Mesías, cuyo sentido está consignado en los gestos y las palabras que Jesús realizó sobre la mesa, esta mesa en la cual gestualmente puso el don de su vida en sus manos. Cada vez que se reúnan para la cena común y especialmente cuando repitan el gesto de la “Fracción del Pan”, comprenderán cuán permanente es su amor y su presencia.


Una excelente síntesis

La vivencia queda recogida en la inolvidable expresión que recoge la transformación interna obrada en ellos gracias a la comprensión del camino de la Cruz y de la acogida gozosa de su don: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (24,32).


3. El camino de regreso: el gozoso anuncio del mensaje pascual (24,33-35)

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (24,33). Los discípulos de Emaús vuelven a la comunidad que habían abandonado como portadores del mensaje pascual.


El camino no ha terminado

La síntesis final que el evangelista hace nos muestra momento central y más importante del largo camino de los dos discípulos en este inmenso día de Pascua fue aquel en el cual tuvieron a Jesús a su lado. Pero la manera como se elabora esta conclusión nos permite ir más lejos: es interesante notar que llega un momento en el que ellos toman conciencia de lo que significa estar con Jesús antes, durante y después.

Lo vivido en el camino los llevó a ver con nuevos ojos lo que había pasado en el camino precedente con el Maestro hasta el momento de la Cruz. Ahora, después del encuentro en el camino y en la mesa, son capaces de mirar el camino que sigue a continuación: la gozosa comunicación del mensaje pascual.

En el coloquio sobre el camino de Jesús se engloba también la visión de nuestro destino de hombres mortales. Con el anuncio pascual se presenta de manera gozosa la finalidad del camino de Jesús y de nuestro camino como hombres. Esto quiere decir que recorriendo este mismo camino, iluminando cada paso con la luz de la Palabra –comprendida desde el camino mesiánico de Jesús- y haciéndolo expresión de una entrega generosa a la manera del Crucificado, también nosotros compartiremos su destino de “gloria”.

En fin…

Es así como la memoria de lo vivido en el camino se convierte en el programa de un proceso de conversión pascual para todos nosotros: “Contaron lo que había pasado en el camino, y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (24,35).

Todo esto se hace posible a partir del encuentro con el Señor resucitado. Efectivamente así lo hizo también con Simón: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (24,34).

El Resucitado sigue insertándose en camino de cada persona. El mensaje pascual anunciado de esta manera tan original, como un camino que transforma, nos permite comprender cómo el camino de Jesús en el evangelio y su prolongación en el día de Pascua resplandece como el fin de todos los caminos de Dios. El camino de Jesús se hace luz para todos nuestros caminos.

Ahora mismo nosotros no vemos físicamente a Jesús, pero estamos seguros de su presencia y de su compañía. Lo comprenderemos mejor si dejamos que la Escritura y la Fracción del pan nos abran los ojos.


4. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

Jesús está presente en la fracción del pan”

“Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...)

Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan.

 La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y Él estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna. Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor.

Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: ‘Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba’. Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados”.
(San Agustín, Sermón 235,3)


5. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

5.1. ¿Qué caracteriza los diversos trechos del camino de los dos discípulos?
5.2. ¿Cómo va evolucionando la relación de los discípulos y Jesús a lo largo de este evangelio?
5.3. ¿Qué significado tiene el reconocimiento del Resucitado para el futuro de la vida de los discípulos?
5.4. ¿Cuál es la historia de mi relación con Jesús? ¿De qué experiencias, esperanzas y desilusiones está caracterizada?
5.5. ¿Cómo comprendo de nuevo acerca del Misterio de la Eucaristía, en cuanto sacramento del Crucificado-Resucitado, a partir del pasaje de los discípulos de Emaús?


P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM
Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del domingo

Sumario: El día de Pascua, Jesús resucitado nutrió dos de sus discípulos con su Palabra y con su Pan. Su corazón comienza arder. Ellos regresan por el mismo camino donde sus compañeros que habían abandonado. “Tú nos enseñas el camino de la vida”, dice el Salmo, una expresión que retoma Pedro en su discurso de Pentecostés.


Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33

Pedro pronuncia un gran discurso ante los habitantes de Jerusalén. En la primera parte (no presentada en la liturgia de este domingo) explica por qué cada judío de la diáspora, presente en la ciudad con ocasión de su peregrinación de Pentecostés, puede escuchar las maravillas de Dios en su propia lengua. Puesto que es todavía de mañana, no están llenos de vino sino de Espíritu Santo.

Sin solución de continuidad, Pedro enseguida aborda el anuncio de Jesús de Nazareth. Resume lo esencial de su vida y pasa enseguida al corazón del anuncio de la nueva fe: la muerte y resurrección de Cristo. Sin detenerse en los detalles, ni precisando el rol de cada uno, dejando de lado el tema de la fuga de los discípulos, Pedro le recuerda a los habitantes de Jerusalén la responsabilidad que tienen en el crimen que se cometió: “Ustedes lo entregaron y le quitaron la vida clavándolo en la cruz por mano de paganos…”.

Después de una acusación tan grave, se esperaría que Pedro sacase conclusiones en términos de castigo. Pero no va en esa línea. Algo nuevo ha ocurrido: en lugar de punir a los criminales, Dios venció la muerte: “Dios lo resucitó poniendo fin al suplicio de la muerte”. Efectivamente eso es lo que importa: “Poniendo fin al suplicio de la muerte”, arrancó a Jesús de sus garras y nos ha mostrado “el sendero de la vida” para saciarnos “de gozo en su presencia”. Todo esto lo ha hecho Dios conforme a las Escrituras.

En la última parte del discurso, introducida por la palabra “hermanos”, Pedro se coloca del lago de sus oyentes. No busca juzgarlos ni condenarlos sino que les anuncia el don de Dios: el Resucitado ha enviado sobre sus discípulos el Espíritu Santo prometido.

Les corresponde a los oyentes del mensaje hacerse también discípulos, al abrir su corazón escuchando a los testigos del Resucitado y al recibir el mismo Espíritu Santo, ellos entrarán en este camino.

Ese día tres mil personas se hicieron miembros de la comunidad de los discípulos y se hicieron bautizar.

Salmo responsorial: 16,1-2.5.7-11

Este Salmo de confianza en Dios es citado por Pedro en su discurso de Pentecostés. El primer versículo describe el doble movimiento de Dios hacia el creyente y del creyente hacia Dios. El salmista hace suya la oración de los levitas. Después que fue repartida la tierra entre las tribus de Israel, ello no tuvieron tierra sino el encargo de ocuparse del Templo; le correspondía a las otras tribus alimentarlos y sostenerlos. Su porción de herencia es el mismo Señor.

La segunda estrofa comienza con una bendición. El Señor es la vez el consejero y el compañero de armas del salmista. Camina a su derecha, del lado que no está protegido, el Señor es un compañero seguro. Esta certeza de estar protegido por el Señor le permite al salmista vivir una vida bella. Gracias a la asistencia del Señor, no morirá de una muerte prematura.

En la última estrofa, el Salmo alcanza cumbres místicas. Acompañado por el Señor sobre el camino de la vida, el salmista vive la bienaventuranza perfecta al estar en unión con Él. Parece tener en mira un encuentro con el Señor después de la muerte (si bien sabemos que en el tiempo de la composición de este Salmo todavía no existía en Israel la idea de la Resurrección como la entendemos hoy). El orante visualiza la verdad última de las relaciones entre Dios y los hombres.

A la luz de la Pascua, el Salmo alcanza su sentido pleno. Lo que el salmista buscaba confusamente aparece ahora claramente luminoso. Dios no ha querido que Jesús conociese la corrupción de la muerte. Con Él, nosotros aprendemos “el sendero de la vida” que nos lleva a vivir junto a nuestro amado Señor “la alegría perpetua” (o “rebosamiento de alegría”).

Segunda lectura: 1ª Pedro 1,17-21

Esta carta se redacta en torno a los años 70-80 dC y se dirige a cristianos diseminados en Asia Menor que están siendo perseguidos y, cuando menos, marginados y discriminados por su sociedad. El texto conserva elementos importantes de una primitiva catequesis bautismal (quizás una “homilía”).

Pedro comienza la carta con una larga bendición (¡en griego es una sola frase!). Esta bendición es la exclamación de un corazón maravillado y agradecido por la magnífica gesta de salvación realizada en nosotros por Dios Padre, mediante la resurrección de su Hijo Jesucristo: nos hizo renacer (alusión al Bautismo) y nos capacitó para una herencia gloriosa de salvación plena y definitiva.

De ahí se deriva la actitud permanente de los fieles: la alegría de la esperanza. No una alegría superficial o histérica, mucho menos ingenua, distraída o alienada, sino una alegría serena, profunda e intensa, una alegría victoriosa en medio de las adversidades y probaciones de un día a día duro y difícil.

¿Cuál es la fuente y su secreto? El fundamento sólido de la fe, generadora de la unión con Cristo resucitado. De hecho, la comunión de amor con Cristo no es impedida por ninguna frontera de tiempo o de espacio. La vida teologal –la fe, la esperanza y la caridad- es el secreto de la alegría y la fuente de la salvación.

(J. S. – F. O.)
Anexo 2
Para los animadores de la liturgia

I
Todos los Domingos, desde el Triduo pascual hasta Pentecostés, son “Domingos de Pascua” que hay que vivir en un continuo clima de fiesta: luz, color y música en un clima de jubilosa exultación… La Pascua es una ocasión para proporcionar a los fieles una celebración más bella, en la que todos se sientan bien y participantes. En este “continuo”, los tres primeros Domingos están caracterizados por la lectura de los evangelios de las apariciones de Cristo resucitado. Esta es, por tanto, una ocasión privilegiada para profundizar y renovar en los fieles la conciencia de la presencia de Cristo resucitado en la vida de la Iglesia (ver las primeras lecturas), particularmente en las celebraciones litúrgicas: es el “tiempo de la mistagogia”.

II
Sería bueno que todas las Eucaristías de estos domingos comenzaran con el rito de la aspersión del agua bendita, siguiendo la fórmula propia del tiempo pascual (ver el Misal). Sugerimos también que se concluya la celebración con la bendición solemne prevista en el Misal, ojalá cantada.

III
En algunas comunidades se aprovecha este tiempo para hacerle a las familias la “visita pascual”. En otras partes se tiene la costumbre de llevar la comunión pascual a los enfermos y adultos mayores que no se han podido desplazar hasta el Templo para participar de las fiestas pascuales. Sería bueno que se solemnizara dicha visita y comunión durante todos los domingos de Pascua, aprovechando para manifestarles a los enfermos, a través de algún gesto, que la comunidad no los olvida.


(V. P. – F. O)